miércoles, 27 de agosto de 2008

En lo de Eugenia


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En lo de Eugenia

Abuelo empatillaba la plomada con destreza, en tanto me daba un acelerado curso de pesca. “Debajo de las macetas hay lombrices, elegí las finitas que le van mejor al mojarrero. No te apures a sacar, tenés que esperar que la boya se hunda bien. Que no se te olvide que lo principal es el silencio, el que es pescador
pesca callado, y no habla a menos que no tenga más remedio. Podés tirar arena para llamar a la mojarra o varear la caña en el agua. Y cuando se venga la noche y tengas que controlar más de una caña, no te distraigas, los bichos no pican en cañas desganadas, no me preguntes como saben pero saben. Y si viene muy pesada sacala de costado...”

Cuando todo estuvo listo, el viejo me extendió un billete de 100 pesos, de aquellos rojos.

A eso de las cinco, mi tío apagó el cepillo de la carpintería, se enjugó el sudor con una mano y le tiró las gotitas a mi primo, deben haber intercambiado improperios, sin duda. Nuestro tío era un experimentado bromista, y los sobrinos eramos su campo de entrenamiento. A veces a uno le daban ganas de matarlo.

“¿Subieron todo?-preguntó- Bueno, dale que `se vamo´ ”.

Prendió el “Opel”, y hasta la primer tranquera no paramos. También cruzamos otras, yo venía encantado del paisaje campestre, al fin llegamos a un lugar de tierra arada y el “Mono” estacionó debajo de un árbol.

“Bajen todo che, hay que meter pata antes que nos agarre la noche”.

Costeamos el monte hasta encontrar un pesquero lindo, el sol caía, y yo recuerdo los árboles del arroyo que se iluminaban con los fugitivos rayitos de sol y que me producían una dulce melancolía.

El Mono armó el campamento en un momento, y mientras lo hacía nos encomendó juntar leña y bosta. Yo malicié una broma, y debo haber dicho algo, mi tío me miró de soslayo y dijo “No sabés que la bosta seca al quemarse espanta a los mosquitos... pero que vas a saber vos si te has pasado ocho años prendido a la pollera de mama, dale, andá, juntá...”

Un poco avergonzado fui a hacer lo que me pedían, el Tino, tal el apodo de mi primo, se reía por lo bajo, se vengaba de mí por que antes yo me había reído del episodio de las gotas de sudor.

Al rato ya estábamos ahumados y mojarreando; todavía me impresionaba el asunto de las lombrices destripadas, pero me guardaba bien de no expresarlo.

A esa hora en que dicen que la tarde cae, sentí por vez primera lo que significa comulgar con la naturaleza; esos momentos especiales que se nos vuelven referenciales, tal vez como expresión de un ideal.

Lo cierto es que aquel silencio, y aquella extática contemplación frente al arroyo debió haber sido lo que abuelo quiso explicarme y no le habían alcanzado las palabras.

El error fue mío, por que rompí el silencio para preguntar que era aquel sonido: Era un sonido uniforme, repetitivo, y hoy sé que son los arrullos de las palomas, pero en respuesta a mi pregunta, mi tío declaró gravemente “Son las almas en pena”.

De inmediato, mi plástico y maleable cerebro se vio marcado a fuego con aquella inquietante revelación.

Sentí miedo, no quería ni mirar hacia el sector del monte de donde provenía aquel sonido, en la seguridad de que si lo hacía, se me iba a figurar algún espectro.

Pasado un rato, como un natural o sobrenatural mecanismo de autodefensa, el miedo fue cediéndole su lugar a un sentir de lástima. Por que aquellos gemidos no eran los típicos ¡Buu! de los fantasmas, ni de ninguno de mis monstruos conocidos. Aquella letanía, tan triste, tenía que ser producida por una entidad igualmente entristecida, la que en lugar de mi temor, lo que merecía era mi conmiseración.

La ausencia más y más pronunciada de la luz, obligó a mi tío a encender un farol y a colgarlo de una rama sobre el agua, entonces sí empezó la pesca de verdad.

Ciertamente la pesca conllevaba sus peligros, sobre los que abuelo me había alertado, a saber: “La tararira tiene dientes finitos y puede morder con ganas. En cambio con los bagres tenés que cuidarte de los bigotes que tienen a los costados, son lancetas, que si te agarran, no te las olvidás más nunca”.

No me compliqué demasiado, toda vez que sacaba del agua uno de estos animalitos, le delegaba la tarea de desengancharlos al más grande del equipo.

La pesca era exitosa, hasta que dos acontecimientos precipitaron la partida, que en principio prometía no ser antes del amanecer.

A medianoche habíamos cenado, unas croquetas de arroz bien finitas que nos había preparado abuela. Y cuando no habíamos terminado de eructar, el Tino vio que un tirón le había hundido la boya, y no volvía a la superficie. “ ¡Es pesado, es pesado!” le gritaba a quién quisiese oírlo; pero cuando gritó: “!Una tortuga, pesqué una tortuga!” Debo decir que despertó algo más que mi curiosidad, ¿Acaso se pescaban las tortugas?

¿No eran bichos de la playa? Corrí a verla y no mentía, aquello era una tortuga, aunque resultó no serlo después de todo. Luego de observarla mi tío dictaminó: “No es tortuga, es morrocoyo; son venenosos, mejor cortá la tanza y tiralo al agua”.

Procedió a cortar la tanza, y antes de hacer otra cosa, mi primo le salió al cruce: “Al agua nada, yo la pesqué, ¡es mía!, y me la voy a llevar. Mi tío procuró ser razonable y le explicó que podía ser peligroso; a mi ya me estaba dando miedo verlo, y si uno se acercaba, se te venía arriba. Yo pensaba “Ahora pica a
alguien, ¿Y si nos mata? ¿Y si mata al Mono? ¿Quién nos saca de acá?”.

El nerviosismo se había generalizado: Mi tío se había enojado con el Tino por que no le hacía caso, y este, no se como, había conseguido meter su “tortuga” adentro de un bolso de plastillera.

Yo calculaba cuanto tardaría el efecto del veneno antes de sobrevenir la muerte, y el tiempo que podríamos tardar en buscar auxilio. No había caso, los cálculos se me tornaban sombríos.

Para no seguir pensando en eso, volví al pesquero y me reconcentré en la pesca.

Mi tío armó un cigarro y se quedó mirando el farol, alrededor del cual pululaban las polillas; de a ratos hablaba algo que era como una continuación de sus pensamientos.

Mi primo se había alejado con su amenazante mascota, y por lo que a él refería, la pesca se había terminado.

Los dos quedaron peleados, y nadie le hablaba a nadie.

Volví a sentir aquella paz de horas tempranas, la atmósfera se tornaba sobrenatural a mis sentidos, y percibía como la inminencia de no sabía qué, provocándome un silencioso vértigo.

La boya azul y blanca que estaba más cerca de la orilla titiló unos segundos y de repente se perdió para abajo; yo estaba tan abstraído que no reaccioné hasta que mi tío pegó un grito y me liberé del trance.

Junté la caña y tiré; venía pesada, la emoción me hizo olvidar la indicación de abuelo, y tiré con más fuerza, produciendo de inmediato la fractura de la caña tacuara, que se quebró en dos lugares, pero ya en el aire vi lo que venía prendido del anzuelo, ¡Bendito julepe!. Antes de que aquello llegara al suelo largué todo y salí aullando campo afuera al vivo grito de “!Una víbora, una víbora!”, para quién quisiera escucharme.

De lejos escuchaba las carcajadas de mi tío; eso me tranquilizó, pero no mucho, me había alejado del campamento y volvía a sentir “almas en pena”.

“!Vení para acá pedazo de pasmado, esto es una anguila, esto no pica!”, gritó el Mono, “!Sí- grité a su vez yo- pero igual es una víbora!”.

“!Vení para acá te dije; ya me tienen harto ustedes dos, bueno, junten todo que nos vamos!”.

Por un lado me dio pena, por otro alivio, no estaba acostumbrado a tantas emociones juntas.

Así que juntamos todo, el Mono “enhorquetó” los peces, que resultaron ser unas veinte piezas.

Pero esto no acaba acá, por que al querer volver al auto, demorábamos mucho más que a la llegada.

“Estoy seguro que era por acá”, decía el Mono, pero entonces llegábamos a un alambrado que no había.

“Me parece, me parece...” decía, pero no decía que era lo que le parecía, y nosotros nos dábamos cuenta clarito que andábamos perdidos.

El temor y la inseguridad se desvanecía ante el sueño que nos había agarrado a los más chicos.

Por allá empezamos a sentir la risita del tío, era buena señal, llegamos al Opel con las ondas cerebrales en frecuencia alfa. Recuerdo haber subido al auto y quedarme mirando el cielo estrellado por el vidrio de atrás.

Habían sido muchas experiencias, pero no pensaba más que en las estrellas, estas estrellas eran más reales que cualquier otras que hubiese visto. Eso me quedó; la seguridad de que aquellas eran las mejores estrellas que había visto, las más lindas.