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SHHHHHHHH!!!
Una serie de coincidencias, una clara secuencia de coincidencias que piden a gritos atención. Y la supuesta atención que estas coincidencias reclaman, no encuentro otra forma de atenderlas que relatando lo ocurrido. Y lo ocurrido tiene forma de sueños, sueños ajenos, de inquietantes presencias, también de un hondo misterio. El hondo misterio de todo…
La historia ya estaba escrita, hace ahora casi un año, aquí está el borrador que lo atestigua si ello sirve de algo.
Luego, al parecer, le di cajón al manuscrito, y no volví a corregirlo; incluso lo había olvidado, hasta que hoy volvió a encontrarme.
Por el motivo que sea (que seguro lo hay) a esta historia de coincidencias se le ha sumado además, una nueva coincidencia, entonces me doy cuenta: es hora de ordenar un poco esto.
El desencadenante fue un cuento. Un cuento de Bioy Casares, el legendario amigo de Borges.
Pero antes de eso, he de contar como la misma tarde en que descubro el tal cuento en la biblioteca, husmeando en los anqueles me encuentro primero las tragedias de Shakespeare e inmediatemente las novelas ejemplares de Cervantes, observando que, en ambos volumenes, figuraba un retrato de su autor, y que ambos caballeros compartían una misma indumentaria, tratándose de esos cuellos muy de moda al parecer por aquellas generaciones; no tengo idea de su nombre, pero si cabe una comparación para describirlos, a mi se me antoja la imagen de unas enormes vértebras, vaya uno a saber de que pescado. Y si uno observa las monedas de 10 y 20 céntimos de Euro españolas, verá la efigie de Cervantes y el cuellito a que me refiero, por que es lo que lleva puesto.
Evidentemente, este hecho no constituía una casualidad, solo que me hizo acordar a mi madre de inmediato.
Y el porque se remonta a una anécdota que ella me relató hace unos años.
En la misma, mi mamá era pequeña, alrededor de los diez años según creo recordar.
Por entonces, ella solía pasar sus vacaciones de verano en la casa de unos tíos que vivían en la campaña.
Una mañana, estos tíos la enviaron, junto a su prima y a su primo, a hacer un mandado, lo que les implicaba llegar hasta la ruta y coger por la banquina hasta el lugar indicado.
Por la banquina iban, cuando mi madre vió venir una especie de coche antiguo, un coche viejo si, pero no exento de cierta nobleza.
Mamá se quedó viendo como se acercaba, poco a poco, hasta que pudo ver a la persona que venía en el asiento trasero del vehículo, no sería lo que se dice un viejo, pero aquel señor tenía sus años; y lo que extrañó de inmediato a mi madre fue su indumentaria, que ya podrán ir suponiendo se trataba de uno de esos arcaicos cuellos llenos de pliegues.
El señor este, venía también observando a mi pequeña futura madre; y cuando se cruzaron a pocos metros, el señor esbozó una leve sonrisa y con su dedo índice le hizo el gesto de que mantuviese el secreto.
Pero ella no pudo mantenerlo, de inmediato le preguntó a sus primos si habían visto lo mismo que ella; por lo que mamá cuenta, sus primos se hicieron los desentendidos, no dejándome en claro si en verdad no lo vieron, o acaso cierto temor les hacía disimular la visión…
Conocí esta anécdota, hace unos años, cuando compré en Tristán Narvaja, un libro con algunos ensayos de Montaigne, en cuya tapa, ilustrado, figuraba su autor. Vestido, como no, con uno de nuestros amigos “cuellos- vértebra”.
Al llevar este libro a casa de mamá desperté su recuerdo, y dijo: “Así, así era el hombre que yo vi cuando era chica”
Cosas de mi vieja, pensé yo, y no le di más importancia a aquel asunto.
Exactamente hasta el día de la biblioteca; en que luego de de observar las figuras del Inglés y el Español, y asociarlas a la historia de mi madre, me topo con el libro de Bioy Casares, que de inmediato llevé para casa, y esa misma tarde me dejé absorver por el cuento titulado “Los milagros no se recuperan”. Que trata sobre coincidencias inútiles para uno de los protagonistas, aunque no así para el otro, quien narra su desventura sentimental con una chica que conoce la muerte a una joven edad.
El personaje que narra sus desdichados amores, cuenta en un momento que, pasando un fin de semana en un hotel marplatense con su amada, ven a una extraña mujer con apariencia de foca que les hace un enigmático gesto de silencio, ya saben, con el dedo índice: shhh…
Entonces, esta pareja toma este gesto como cosa habitual, como una pequeña broma íntima.
Luego, como he dicho, la chica muere, y el narrador le cuenta al otro narrador (Que es Bioy Casares) como, en una escala de un vuelo entre Daquar y Ciudad del Cabo, entre dos contingentes de pasajeros, se le cruza su novia muerta (pero viva) y que ninguno dice nada, pero ante la perplejidad de él, ella le hace el gesto aquel con el dedo índice, de que guarde un secreto que al fin termina contando.
Hasta aquí, más o menos tenía desarrollada esta historia, incluso tenía un final. Pero eso fue hace un año.
Hoy en que me reencontré con ella, ocurrieron cosas, y que más o menos se articulan de este modo.
A la mañana, traje de la “biblio” una biografía de Borges, ya sabemos, el íntimo amigo de Bioy.
A mediodía, encontré el manuscrito que ahora reescribo.
A la tarde leo sobre como Borges solía soñar con habitaciones idénticas a otras que se repetían hasta el infinito. En ese momento siento otra vez sonar la alarma de las coincidencias.
Y es que se relaciona también con mi madre, y con un sueño recurrente que solía contar.
En el sueño, ella era perseguida, y se introducía en la casa de una vecina, y bajaba una escalera que la conducía a un laberinto. Lo sé, es un arquetipo común, y habrá muchos por el mundo que sueñen con eso, pero ahora, noten lo siguiente.
Como decía, hoy supe de ese sueño recurrente en Borges, pero hace mucho, yo había leído un cuento de él llamado, si mal no recuerdo: “Asterión”; es un cuento genial con una estremecedora vuelta de tuerca final.
No puedo contárselos, máxime que ya les conté demasiado del cuento “Los milagros no se recuperan”. Pero ese sueño recurrente en Borges, que le engendró otra visión en el mito del morador del laberinto, es también el caso de mi madre.
Ella soñaba esas habitaciones repetidas hasta que una vez soñó que deambulando en ellas vió una luz, y que entonces ella sentía estar sobre chapas de un techo, y que la luz provenía de una bolsita de piel, que un ser diminuto le ofrecía. El morador del laberinto no era un monstruo como se suele esperar, era un generoso ser que le ofrecía a mamá una gracia, pero le pedía silencio (¡) lo cierto es que mi madre se asustó, y a lo que atina es a gritar, entonces la luz empalidece hasta apagarse y provocar el retorno a la vigilia de mi madre.
Tal vez toda esta historia no sea todo lo extraordinaria que a mi en este momento me parece; lo que si reafrmo es mi deseo de llegar hasta aquí, “recuperando el milagro” de comunicarnos a través del Tiempo…
“El silencio yace en el océano
mientras las palabras fluyen a través del río
El océano te espera, no esperes al río.
Contempla el océano y aguarda su mensaje, vendrá, vendrá”
Rumi
“Shhh”
La mujer foca, la novia viva, el hombre que vió mi madre, el ser diminuto con el que soñó, el hondo Misterio de todo...
Dedicado a todos aquellos que coincidan en esta esquina del destino…