jueves, 26 de noviembre de 2009
EL PRISIONERO
martes, 17 de marzo de 2009
QUIEN LO SABE...
Es media tarde, y estoy en casa, solo.
Algo me dice que es el momento de escribir, y observo que el tiempo presente y la primera persona se adelantan y se imponen al intento, sin dejarme lugar a réplica alguna.
Tampoco me engaño, no escribo nada hace bastante, y hay indicios de que el impulso este un tanto atrofiado; tengo dudas, la idea no está del todo clara, pero como sea, esto es lo que está ocurriendo.
Quería contar lo del sueño, pero un encuentro que se podría denominar “casual”, terminó amalgamando todo, y ni siquiera se bien de que se trata.
¿Y si este fuese el momento de recordar?
Algo al parecer ha ocurrido para que esta pregunta se formule. Algo que (y pasen por alto la redundancia) me recuerda el recordar…
Son dos, o tres, o cuatro hechos conexos e inconexos que al parecer me reclaman. Pero mis pensamientos van y vienen y entorpecen.
Tendrá esto que ver con esos espacios temporales donde se suceden, o congregan esas casualidades que se escabullen velozmente hacia el olvido?
“Es sencillo, empezá a contarlo”, me dice una vocecita que parece ser aliada. Entonces reflexiono, y percibo que en mi casi total falta de importancia, subyace el secreto que anida en todo lo que existe. O eso creo, desde luego, por que… ¿Quién lo sabe?
Yo no se quien eres Tu, dado que, probablemente ni siquiera sepa quien soy yo, pero llegados a este punto me gustaría preguntarte si no sentís este estado como de alerta. Esta especie de vértigo, al considerar el estado de las cosas.
Nadie está cómodo al momento de enfrentar su miedo. Y la pereza es un arma del ego que puede tenernos bloqueados indefinidamente.
Pido disculpas por este exceso de preámbulos.
Esta es la parte en que digo que no tengo ni idea acerca de si el pasado y el futuro podrían coexistir en un mismo momento, o si hay pasajes entre uno y otro. Y lo que pretendo contar es , y solo dios sabe que he dado mil vueltas, es que mi hijo me habla en sueños.
Sueños que por lo general olvido, pero este último fue tan vívido, y en el mismo, una Ola gigante se aproximaba, y mi hijo me dice (no se si con palabras, imágenes o sensaciones) que no olvidara esa escena.
Y lo que puedo decir es que no lo he hecho.
Si alguien me apura y me pregunta si creo que pueda tratarse de una premonición, digo que no. Pero tampoco puedo negar que una parte de mi esta segura de que Todo puede ser posible, aquí mismo y ahora mismo.
Alguien dirá que
La voz de este “hijo mío” ya mayor, podría ser mi propia voz interior que hace uso de la máscara de aquel a quien más amo para que de ese modo le preste toda mi atención.
Oigan, que por más desenchufados que estemos al orden natural, aún somos animales, y quiero suponer que todavía corre en nosotros alguna gota de instinto que pueda serle útil a la especie.
Simultáneamente a este suceso, ocurrió un reencuentro con una amiga del tiempo en que yo rondaba los cuatro o cinco años y ella con dos años menos.
Un asombroso intercambio de recuerdos activó uno especial. Uno que había quedado sepultado en madera, en fuego o en cenizas.
Tiene que ver con el juego… aunque suelo sospechar que todo es juego…
En este caso se trata de tres niños, con el asombro flamante, explorando los mil recovecos y posibilidades que ofrece aquel enorme aserradero que pocos años después sería el combustible de un siniestro.
De la pieza de las cármicas, aquella donde colgaba aquel precioso bote, no habíamos ido a la pieza de las fibras, en la que se apilaban más de dos metros de chapas de este material.
En esa misma y lóbrega habitación se almacenaba además, el escenario de mi más remota pesadilla. Por que según mi sistema de creencias de por entonces, esa pieza era dominio y tal vez morada del “Carlanco” que era una forma del miedo a lo desconocido con que los mayores nos tenían a raya en aquel tiempo.
Pero una cosa era segura, y era que nos encantaba trepar a esa pila uniforme, y sentir allá arriba la textura lisita de la última fibra, y todo aquel olor que nos envolvía…
Los detalles no están, pero lo que ocurre es que cuando quiero acordar, estoy caído del lado de la pila en que no hay salida. Hago el intento, pero me es imposible trepar.
Mis amiguitos tal vez crean que es parte del juego, por que siempre estoy inventando cosas extrañas y riesgosas.
Dejo de oirlos. Seguro piensan que fui demasiado lejos con mis tonterias.
¿Se fueron? ¿Están tan asustados como yo?
Silencio…
Este terrible silencio que me aturde y no me provee de esperanza alguna de escapatoria.
Es el Terror…
Y para no enfrentar esta densa oscuridad, cierro fuerte mis ojos. Me entrego a un pánico inmóvil.
Es entonces que algo ocurre, y es cuando escucho las palabras de mi amiguita, aunque no se bien si es una voz, lo que si llega claro es su mensaje. Y lo que dice es: “Tenés que abrir los ojos”
Yo por un momento lo dudo, pero al fin le termino haciendo caso.
Y es aquí donde seguramente los descoloque, por que entonces ese niño que fui, o que soy, abre sus ojos y está en su cama.
Verán, tengo en claro la certeza de lo ocurrido hasta mi caída y mi negación a abrir los ojos.
Puede que posteriormente haya soñado ese mismo hecho y por eso es que hoy realidad y sueño se me confunden.
Me habló realmente mi amiguita?
Y la voz de mi hijo, proviene de un sueño? Y sino de donde?
Mi hijo me dice que recuerde, que no olvide.
Mi amiguita que no me repliegue, que no duerma, que abra los ojos.
Dos buenos consejos para alguien que, como yo, tiene tanta facilidad para olvidar y dormirse.
“Lo has visto?...no era difícil… ya lo contaste” me dice una vocecita que parece ser aliada.
Entonces reflexiono, y percibo que, también, en mi gran importancia, subyace el secreto que anida en todo lo que existe.
O eso creo. A fin de cuentas… ¿Quién lo sabe no?
jueves, 5 de marzo de 2009
EL ALIENTO DE LOS LOBOS
Desde los
Desde los seis años, y hasta los dieciocho, viví en una tierra especialmente árida para el cultivo de la libertad y las formas diferentes de ser.
Fue lo que sus perpetradores autodenominaron, y sus colaboradores llamaron, “El Proceso Cívico Militar”. Aunque la verdad, fue solo una dictadura más de las que por entonces nacían como hongos después de una lluvia; lluvia que hoy, en la jerga geo-política, se conoce por “Plan Cóndor”.
Yo no conocía al gobierno ni por un nombre ni por otro. Yo solo tenía la noción de que los que mandaban eran “Los milicos”. Sabía además que tenían pocas pulgas, y que lo mejor era no hablar sobre los mismos, ni de nada que tuviese que ver con las vinchas, los carteles y las banderas que estaban en el último cajón del aparador abajo de todos los manteles.
Y así pasaban de áridos los años.
Uno, a pesar de ser un chico, paraba a veces la oreja y se enteraba de cosas. Como ser las idas y venidas de mi viejo atrás de un salvoconducto que al fin le pudo conseguir al pintor que vivía al lado de casa, el cual se autodenominaba “Comunista”. Yo no tenía idea lo que ese término significaba, me hacía más idea (aunque falseada por los medios) de los tupamaros, a los que en mi imagen infantil visualizaba como otra clase de milicos, milicos sin casco, y sin jeeps, y que peleaban contra “los verdes”.
Así de áridos los años.
Un día nos enteramos que a mi padre lo habían agarrado en una reunión y se lo habían llevado al batallón. Mi madre, según recuerdo, estaba como loca, por que claro, ellos manejaban información a la que yo no tenía acceso, información que refería sobre gente presa por oponerse, de gente torturada, de gente que se les moría y de gente asesinada simplemente...
Se lo habían llevado de mañana, y lo soltaron cercana la medianoche. Le habían obligado a un plantón de muchas horas y llegó a casa tambaleándose, recuerdo la alegría contenida de todos y el gran café con leche que se tomó mientras hacía los cuentos e intentaba todavía relajar sus nervios.
Los áridos años.
¿ Como olvidar la flaca figura parada en la esquina de casa, espiando?. Se les conocía como “Tiras”, y eran los soplones del estado policial.
La represión indirecta era constante, pero, en mi caso, no se hizo sentir en carne propia hasta que terminé el último año de escuela.
Esas vacaciones mi cabello había crecido bastante, bastante para la norma; mi atuendo por entonces ya tendía al desaliño.
Habríamos estado jugando al fútbol en la cancha de los curas, según creo recordar, aunque no estoy muy seguro. La nochecita se había hecho y los curas seguramente habrían invitado a retirarnos.
Caminé, no recuerdo con quién, la cuadra que separa el colegio de la estación de servicio, y nos sentamos en una especie de jardinera casi enfrente de la central telefónica. Allí estábamos, conversando seguramente boludeces, cuando de pronto se apersonaron dos individuos, a cual más grande, en principio creí que solo serían dos muchachones con ganas de molestar a dos más chicos. Cosa que, por otra parte, no dejó de ser cierta.
En un instante, el sujeto rubio hace ir a mi amigo, informándonos de paso que eran policías y que querían averiguar mi identidad.
Yo les dije que documento conmigo no tenía, a lo que el rubio respondió con una gélida ironía que de inmediato despertó mi inquietud.
Les informé quién era, y lo que había estado haciendo. Habló algo con su compañero de lo que deduje que conocían a mi familia. Dentro mío, un debate sobre si eso para ellos era bueno, o todo lo contrario. Empecé a imaginarme cosas, cosas que tal vez ameritaran mi detención.
No llegué al pánico, pero algo temblaba allá en mi vientre, hasta entonces solo había oído hablar del aliento de los lobos, pero esa noche lo sentí en cada célula.
Me interrogó en definitiva sobre el por qué de mi aspecto, y como no me salían las palabras, solo atinaba a levantar los hombros como diciendo que no lo sabía. Y probablemente no debo haber estado lejos de llorar.
El rubio, a quién un tiempo después supe que lo apodaban como al natural de un país europeo por entonces dividido, luego de mi casi muda declaratoria, me hizo saber que iba a andar por allí, y que mejor para todos que no me metiese en problemas, a lo que no recuerdo haber respondido más que con una cara blanca y tiesa como una máscara de mármol. Creo recordar que me sugirió un peluquero antes de esfumarse…
Luego de eso me fui, absorto en reflexiones de toda índole, ¿Había sido aquello un episodio sin importancia? ¿Había sido casual? ¿Mi solo aspecto me había dejado bajo un peligroso microscopio?
Desde luego nunca pude responder ninguna de esas preguntas, ni jamás lo comenté en casa. Suficiente drama teníamos con mi viejo apartado de la administración por un pequeño emperador local.
Volví a verlo al gigante rubio, quién al verme alzaba las cejas, como interrogándome a través de ese gesto, y yo le respondía con una media sonrisa medio mueca, tan falsa como la cosa más falsa. Aparte de eso, no volvió nunca a molestarme.
Y así pasaron los años dorados de aquel diabólico régimen.
Y al menos tuve la fortuna de formar filas en protestas por su culminación.
Hoy solo es un mal recuerdo, aunque entonces uno tenía claro quién era el enemigo. Hoy es todo tan difuso que uno parece tener la obligación de ser difuso; pero como sea, cualquier cosa es mejor que el aliento de los lobos.
lunes, 16 de febrero de 2009
LA MARAGATA
¿Quién recuerda a ?
Aquella misteriosa viejecita de mi barrio.
Mi barrio fue y será siempre, el cruce de “25 y la otra” (La “otra” es Solís, pero eso que quede entre nosotros)
En cuanto a , que vivía en mi misma cuadra, debo decir que tiene lugar de honor entre los personajes que poblaron mi infancia.
era visualmente impactante, solía lucir unos vestidos que rozaban siempre lo andrajoso, e invariablemente arrastraba unas chancletas de goma, fuese verano o fuese invierno.
tenía unos ojos celestes rasgados, y una sonrisa enigmática que la hacían inquietante, y no había que ser muy listo para darse cuenta que debió haber sido una belleza. Opinión que los más veteranos confirmaban.
Aunque tampoco faltaban lenguas que la afiliaban al gremio más viejo; probablemente fuesen calumnias de gente aburrida o hipócrita, pero de ser esto cierto, hablaría de una experiencia y de un conocimiento de un mundo que ya no existe, y que al no tenerla hoy para preguntarle, tenemos que conformarnos con “Sombras sobre ”.
Creo recordar que a veces la veía o la asociaba con una bruja, seguramente estimulado por su imagen, no por que fichase en el rubro de hechicería.
Sabía tener un hermano viviendo con ella; un viejo borrachín a quién una tarde vi padecer un bochorno, cuando, al salir del Bar Solis (En la época que atendía Mareco) al pobre viejo se le vinieron al suelo los pantalones, dejando a la visual pública sus blancas y arrugadas nalgas.
Ese mismo viejo que solía obsequiarme caramelos masticables de leche, de aquellos que se te pegaban en el paladar y los dientes, y que tal vez por instinto de conservación jamás me atreví a consumir.
Tal vez las mismas, o tal vez otras, de esas infaltables lenguas, deslizaban la posibilidad de que, cuando el viejo apareció con la cabeza rota, ello podría haber ocurrido con la ayuda de su hermana.
En cuanto a ella, una noche de carnaval la ví enmascarada dando vueltas a la plaza. Y cuando alguien me contó que sería casi probable que ella hubiese sido la musa del memorable tango “Siga el corso”, me vino como una sensación de haber percibido algo así como un fragmento del misterio…
Recuerdo su desalojo, como no. Su resistencia. Y siendo que los desalojadores llevaban mi sangre, me sentía en parte culpable por esa violenta situación.
Que se yo, es rara. ¿Qué se dirá de nosotros cuando habitemos la geometría sagrada de lo intangible?
En una de esas… lo que exactamente fuimos. Por que según creo, un viaje al pasado es solo cuestión de ajustar bien la señal…
Para finalizar esta suerte de estampa, propongo un brindis por esa “Outsider” de mi barrio que tanto excitó mi imaginario.
(Dedicado a mi prima Carla, que lo sabe…)
lunes, 9 de febrero de 2009
ABUELO SE ACERCA

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- ¿Precisás algo papito?- le oyó decir a su mujer.
Ella se quedó en el umbral de la puerta del cuarto con el pestillo en la mano. La pregunta quedó como suspendida en el aire, el viejo no respondió enseguida; no es que se sintiera bien, pero, ¿Qué podía precisar?
Tranquilidad, fue la respuesta de su mente. Hizo un gesto de negación con la cabeza, la puerta volvió a cerrarse. Volvía a quedar solo.
El dolor en el vientre, un poco arriba de donde le habían encontrado supuestamente… “eso”, había remitido, se había vuelto como un zumbido palpitante, una especie de vértigo, y no tenía intención de engañarse, se daba cuenta que era una señal de alerta e intentaba que no se convirtiese fácilmente en alarma.
“Ya se acerca” pensó, “se acerca, y no sé que voy a hacer”. Justificada inquietud, dado que, después de todo, solo se muere una vez en la vida.
El viejo lo esperaba, y por lo mismo nada dijo, si tenía que irse, quería hacerlo en paz, sin dramas, ni tristeza.
Hacía días que venía viendo a su hermano. Ocurría que miraba a un costado, y allí estaba sentado, con el sombrero entre las manos, mirándolo, con aquella serenidad en el semblante que casi había olvidado. La primera vez sintió vergüenza y afloró el arrepentimiento de haberlo echado de su casa por un asunto de naipes. Pero no, se confundía, ese era Juan Luis. Este era el otro: Felipe.
Y se acostumbró a verlo allí, junto a él, todas las tardes. Pero ese día la visita había sido otra. Una que lo había emocionado sobremanera, por que a los pies de su cama había descubierto la presencia de su madre. Aunque no la madre viejita que él había visto morir, no, había sido su madre como cuándo él era chico, y vivían en el campo, llevaba incluso aquel pañuelo blanco que su padre le había dado una vez, antes de irse a pelear por la divisa.
La vio allí, frente a él, un buen rato, tenía algo entre sus manos, algo que hubiera dicho era un cristal.
Los ojos del viejo habían dejado caer unas lágrimas, que las sábanas y su camisa de franela absorbieron enseguida. Quiso hablarle, pero sintió que no tenía sentido, solo tenía sentido verla allí, aunque constituyera un enigma.
La aparición se esfumó cuando su mujer abrió la puerta para ver si precisaba algo.
Ya solo, en la penumbra de su cuarto; tanteó en la mesita con su mano buena, hasta encontrar la cajita llena de cigarros negros que su hija le armaba. Agarró uno, lo puso en la boquilla, le puso lumbre con su yesquero, iluminando trémulamente la pieza; y por un juego de espejos entre el ropero y la cómoda, podía verse, pero en ese momento en que tuvo prendido el yesquero no vio al viejo postrado en que se había convertido, no, vio un niño, un niño conocido, pero que hacía “¿cuánto? ¿75? ¿77?” años, que no veía. Sopló con humo el viejo yesquero de disán.
El vértigo iba y venía. “Que viene ahora que viene ahora que viene ahora”
Entonces se acordó de la radio, a la que sentía compañera, y la prendió, y cantó enseguida, por que aquel aparato era a transistor, y no a lámparas de aquellas que tardaban en hablar, pero que solía echar de menos.
Un tango se dejó oír como lejano, casualmente uno que le gustaba, hablaba de abandono y desamor, como gran parte de los tangos, y aunque no fueran sensaciones que lo reflejaran, dejaba filtrar algo así como una atemporal melancolía.
En aquel momento, unos niños pasaron corriendo por el comedor, sus nietos sin duda; ese mismo día era el cumpleaños de su homónimo y andarían alborotados. “Pero como voy a estar triste, si he podido formar una familia y he llegado a viejo para verlos, no, la vida no fue mala; tal vez dura, sí, pero no mala”
Limpió la boquilla con un alambre que tenía para ello y le puso otro pucho, pero esta vez al prenderlo, no miró al espejo.
Con la mano buena fue a cambiar de estación, pero en el momento que tuvo la intención, la música cambió sola. Sonó entonces un coro, como de música religiosa, por lo que supuso, y no se atrevió a cambiar. En un pasaje intenso de la música se vislumbró el primer filamento.
Esto es, de la pared opuesta a su cama, surgió un delgadísimo rayo de luz, que no sería tal, ya que la luz no adopta direcciones irregulares, como sí adoptaba aquella. Era como un hilo de telaraña que cruzaba la estancia y se confundía en la pared sobre la que él se encontraba.
Miró hacia arriba, sin poder explicarlo, y al mirar de nuevo al frente lo impactó el colorido, el colorido de... no podía ser otra cosa, de un vitraux, no tuvo dudas, un vitraux que representaba una escena de carácter bíblico. En la misma figuraba un individuo de barba, acostado en una cama, y desde arriba, una especie de paloma sin cabeza lo alumbraba. Se sintió dentro de una capilla; nunca había sido católico, pero sin saber que hacía se persignó. El clímax del coro llegó a su fin, volvía a estar en su pieza.
Ya no sentía duda, ni temor, ni inquietud. Estaba siendo testigo de su propia despedida, en pleno uso de su conciencia.
“¿Me apagaré... como esta radio?” Pensó balbuceante.
En respuesta, la radio empezó a desgranar unas cifras camperas que le hicieron revivir su infancia.
Sentía el tranco del caballo sobre el que iba, a un lado, su tío en un tordillo, más allá, su hermano en un petiso; era de noche y ya divisaban la luz del farol del rancho hacia el cual iban.
Volvían de una tropeada, cansados, pero contentos; el perrerío ladraba, el farol se movía, saludando; era su padre, que junto a su madre y sus hermanos chicos, los esperaban.
La música cambiaba, y cambiaban los recuerdos, y las vivencias.
Y comprendió; aunque estaría más bien dicho: recordó una verdad: la de que las cosas no se apagan, sino que cambian; aunque no hubiera podido explicarlo con palabras.
La radio tocaba la “milonga del carpintero”, mientras veía sus arduas jornadas, pudo ver su sudor caer sobre el aserrín y la viruta, y supo que estaba bien; por última vez miró su banco, su valija de herramientas...
De nuevo en la pieza, entonces los filamentos eran más, y se superponían, y se juntaban, creando planos.
Hubiera querido tener la mano de su mujer entre sus manos, y quizás también, la presencia de sus hijos y sus nietos, pero tenía que prepararse para el cambio; había olvidado muchas cosas, entre ellas, que él no era ese viejo recostado a un almohadón esperando la muerte. Era algo más, y empezaba a adivinar qué…
Los filamentos se iban tragando las tinieblas de la pieza, como un puzzle luminoso armándose sobre aquella oscuridad.
Y que poco a poco se iba definiendo como lo que era: un campo de trigo, alto y dorado como jamás había visto. Lo último en desaparecer fueron los espejos y la cama, la radio también se había vuelto trigo, pero dejaba oír aún, una leve melodía.
Frente a él había un sendero, y como sentía que podía caminar, avanzó por él.
A los lados, iban surgiendo de entre las espigas, las figuras de todos aquellos que se habían ido antes. Todos parecían estar ahí, sus seres queridos y “¡ Vos también!”, su mujer le sonreía desde lejos, “¡Y ustedes!”, sus nietos y sus hijos iban con ella.
Allí estaban todos, Vivos y Muertos, sin dar lugar a diferencias.
Dudó en si salir de aquel sendero para correr a abrazarlos, pero a la vez sentía que aquel era “su” sendero, y que debía recorrerlo.
Su intención ( la de seguir su camino) provocó gran júbilo, y se vió animado por todos aquellos que lo vieron elegir lo correcto, y hacer lo que debía hacer.
Su corazón parecía estallar de luz.
Entonces pudo ver, al final del sendero, aquello que había creído un cristal en manos de su madre, el que parecía palpitar de luz también, y brilló todo de repente, y supo que era Amor. Y supo que era parte de Ello. Y hacia Ello fue.
