domingo, 21 de diciembre de 2008

La Barraca



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LA BARRACA

La siguiente historia cuenta sobre la secreta complicidad entre un viejo y un niño, unidos en la maravilla y en el espanto. Un nieto y un abuelo.
Pasados muchos años, quién fuera el niño, o el nieto, depositó en mi este relato, una historia que a todas vistas le pesaba.
Advierto que me limitaré a narrar los hechos casi tal como José me los contó. El relato presenta tonos inverosímiles, fantásticos, ni José pretendió que yo le creyera, ni yo pretendo hacerles creer lo que él contó. Lo conozco hace más de treinta años, nuestra inflexible amistad permitió esto, lo cual espero tener la suficiente capacidad para expresarlo.

Desde muy chico sabía que allí rondaba algo, podía ser adentro o afuera, pero siempre por la noche; algo que no podía describir, pero que lo afectaba fuertemente. Muy fuertemente, como luego veremos.

La barraca era un enorme galpón céntrico que databa de fines del siglo XIX, y que contenía en sí misma: Una carpintería, un aserradero, una oficina de ventas, recónditos depósitos, también estaba allí el hogar provisorio por muchos años de los abuelos de José, y por último: Una cocina vieja...
El provisorio hogar se comunicaba a la calle por un largo corredor de piso de pinotea, que José siempre asoció a una pesadilla de su más remota niñez.
Don Barredo había sido carpintero, buen mueblero, sumamente empeñoso en lo relativo a su trabajo, de ideas concretas e inalterables, fue un apasionado defensor de su credo político y moral hasta los límites de la porfía.
Le preocupaba más un trabajo bien hecho, que lo que pudiese cobrar por el mismo; fue mucho el sudor que humedeció los aserrines antes de que la humilde carpintería se volviese una prestigiosa barraca que aún hoy existe.
El año de 1976 marcó un antes y un después en la barraca, un antes y un después en la familia, y un antes y un después en la vida de José. Fue el año del incendio, en el cual, en una madrugada de mayo se desatase uno de los más voraces que el pueblo recuerde. Madrugada en la que también nacía un primo, que como curiosa premonición hoy dirige los destinos de una nueva barraca, reconstruida sobre las cenizas del siniestro.
José tenía nueve años, y recuerda como su padre lo despertó a la madrugada con cautela, diciéndole que no se asustase, pero que había fuego en el taller, que era otra denominación de la barraca.
Ellos vivían en la casa pegada, con lo que las posibilidades de que el fuego la abrazara eran altísimas. Sin embargo, aquel chico se levantó, y al ver a través del zaguán abierto de la casa, el reflejo de las llamas en la vereda de enfrente, no pensó en fuego; pensó: esos son los reflejos, esas son las sombras del carlanco.
Esa misma noche había visto algo; algo que solo habría de contar a dos personas: a su abuelo y a mí.
Una de las consecuencias del incendio fue una severa hemiplegia en el lado izquierdo del viejo, lo que sumado a una progresiva miopía y a un tumor en la próstata, obligaron al viejo a una forzada postración, o a un merecido descanso. Y aunque un desfile de hijos, nietos, amigos y esposa, iban y venían haciéndole los días llevaderos; algo peor que el cáncer le removía las entrañas.
José, que ya rondaba los diez, frecuentaba de continuo la casa de los abuelos, que quedaba junto a la suya (la que aquella infausta noche los vientos de la noche perdonaron) pero del otro lado de las ruinas.
Ya no existía la casa del lóbrego corredor, ni la cocina vieja. La casa nueva era otra cosa, y se descubría rezando para que todo hubiese terminado.
José experimentaba sensaciones contradictorias, por que por un lado le desconcertaban algunas reacciones del abuelo, reacciones que, según unos, eran consecuencia de una incipiente chochez, y, según otros, por que siempre había sido medio chiflado, pero él adivinaba algo en el viejo, algo como lo que él sentía, y llegaba a pensar que si fuera su abuelo actuaría de igual modo, y no por capricho, sino por que, bueno, por que tenían algo en común...
Todas las tardecitas le hacía una visita formal, era la hora en que el viejo escuchaba los payadores en la radio, y aquel entorno de la pieza en penumbras, y los espejos del ropero, le provocaban una deleitable tristeza.
A veces estaba la abuela, que le cebaba algún mate al marido, y la norma de esos atardeceres era el silencio, solo aquellos criollos, y sus guitarras, narrando en versos, trágicos infortunios y épicas hazañas.
Al oscurecer del todo prendían la luz, y ahí si conversaban, el viejo le enseñó a jugar al truco, le enseñó la teoría de la pesca, otra vez le indicó como hacer un tablero de ludo sobre una chapa de fibra, utilizando su viejo compás de doble punta, y así jugaron ludo hasta cansarse.
El viejo le enseñaba adivinanzas y toda clase de cuentos. Pero el juego que siempre había fascinado a José desde mucho antes de todo, era uno que consistía en que él le decía al viejo, por ejemplo: “A que estás pensando en un caballo”. Y el viejo le decía: “Justito, un tordillo patas negras”, o algo por el estilo.
Cuando era más chico creía que era magia, o algo así, y aunque con diez años ya creía saber que el viejo le seguía la corriente, también él se la seguía, y de verdad lo pasaban bien. La confianza entre ellos era absoluta. Y su amistad floreció después del fuego.

Según José contó, pasaron muchos meses hasta que decidiera confesarle lo visto la noche previa al incendio.
Por que seguía sintiendo miedo, y no sabía que podía pensar su abuelo.
Pero el coraje llegó un día, y ese día le contó.
Su voz era un hilito que amenazaba cortarse, pero así como empezó, llegó al final, y su abuelo lo abrazó con su brazo bueno.
Lo que José le contó fue que aquella noche previa al incendio, él había estado en la cocina vieja, que estaba solo, y jugaba con unos autitos de colección, en eso estaba cuando de repente sintió frío y ganas de irse, el viejo reloj de pared marcaba las once de la noche, ya hacía rato su madre y sus tíos habían salido con urgencia para Montevideo, por que su tía iba a dar a luz. Se levantó del banquito en el que estaba sentado, y procedía a esfumarse cuando por la ventana de la cocina vislumbró algo, como una fosforescencia que parecía provenir del lado de los gallineros.
Se quedó inmóvil, observando, era como una neblina, se movía, y evolucionaba rumbo a la ventana a través de la cual él la miraba.
El miedo era angustioso, como un enorme guante de cuero que le apretase el corazón, no podía dejar de mirar, a pesar de que quería huir cuanto antes.
Y contó que aquella neblina cobró forma frente mismo del, y que aquella forma era una cara, como de cera, horripilante, y que en el agujero que tenía por boca vio una luz roja, y no tardó en darse cuenta que lo que colgaba de aquella diabólica máscara era un cigarro, un cigarro que una mano cerosa, hecha de aquella neblina fosforescente se sacó de los labios y lo arrojó lejos de ella. Nada más pudo ver, por que entonces estalló la tensión, y salió corriendo más rápido que el viento , llegando a su casa, y metiéndose en cama a llorar la opresión que le había dejado aquel horror. Se juró no volver a quedarse solo en la cocina vieja, pero horas más tarde ya no tendría la posibilidad de quebrar su juramento, la cocina vieja se transformó en cenizas y carbón.
Don barredo lo escuchó, lo abrazó, puede que hayan lagrimeado; luego el viejo le indicó que llevase el perro al fondo, y que al volver cerrase bien la puerta, que también él tenía algo que contarle.
Dejó el perro medio alunado allá en el fondo, la abuela estaba compenetrada en un episodio televisivo en la cocina; cerró bien la puerta y se sentó.
Entonces el viejo le contó.
Le contó que muchas veces, en sus tiempos de actividad, se quedaba a trabajar después de hora, a veces hasta tarde de la noche, era casi una costumbre.
Y que la noche en cuestión, de aquel año de 1945, lo encontró trabajando en un armario, Había regocijo en el pueblo, la segunda guerra había acabado, y a eso de las once de la noche, le golpean la persiana de la calle.
El se acercó y preguntó quién era. Se trataba de un ex empleado, con él que había tenido alguna diferencia, de orden ético, por decirlo de algún modo.
El sujeto estaba ebrio y comenzó a insultar al viejo, y a tratarlo de negrero, y hasta de nazi.
Para evitar un escándalo lo hizo entrar a la carpintería, y lejos de calmarse, le agredía aún más.
El viejo confesó que “estaba cagado en las patas”, y no podía creer el error que había cometido al haberlo hecho entrar.
Entonces dice que de repente el hombre se quedó callado, y prendió un pucho, y que se lo quedó mirando fijo, y que la cara parecía cambiarle, volverse como un muñeco (¡¿De cera?!)
Y que cuando quiso acordar, aquel individuo arrojó el cigarro a una pila de viruta. El viejo corrió a juntar la colilla, no pudo encontrarla, a pesar de que había visto donde caía, entonces se volvió y el sujeto ya no estaba. Fue a buscar el revólver y registró todo el taller de arriba abajo. El tipo se había esfumado inexplicablemente, y nunca más volvió a verlo.
José dice que le preguntó al abuelo si aquello habría terminado, y que el viejo le respondió después de un rato: “Cuídese usté m´hijo, cuídese, y nunca, nunca le dé la espalda a nadie”

lunes, 8 de diciembre de 2008

2 semanas en un bosque



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DOS SEMANAS EN UN BOSQUE

Todo empieza con una solicitud de empleo que mi hermano hizo pública en la emisora local de radio. Llaman a casa, medio de urgencia; mi hermano, tal vez intuyendo algo, se había esfumado, y como tampoco yo tenía trabajo, tomé su lugar sin mayor remordimiento.
Acudí a la entrevista, ¿Tengo práctica en los montes? No importa, igual se aprende, ciento veinte con casa y comida, no está mal, y otra cosa, hay que viajar ¿tengo problema? Bien, en la terminal, mañana doce y media.
Subí a aquel ómnibus sin saber adonde iba, ni lo que iba a hacer exactamente. La cuadrilla la formábamos cuatro: yo, mi contratista, el papá del contratista y un joven que ya había trabajado para ellos.
Habría de descubrir en ellos otros denominadores comunes, pero el primero que saltó a mi vista se ubicaba en las manos, tenían formato de raíces, gruesos dedos agrietados, y una película grisácea parecía recubrirles el natural color de las mismas. Estaban recurtidos, y yo miraba las mías no sin algún grado de inquietud.
Viajé junto al joven, el que yo no sé por que daba continuamente vuelta un casette de una espeluznante orquesta de género tropical en su radiograbador. Así fue el viaje, de mis manos, a las extrañas maniobras de aquel chico.
Llegamos a una localidad que no me atrevo a afirmar si se llamaba Florencio Sánchez, y tampoco me atrevo a afirmar si aquello era Río Negro o Soriano, por que tampoco me acuerdo. Por allí anduvimos, buscando un auto de alquiler. Mi patrón (a quién llamaré Beltrán) adquirió cinco quilos de tanjarinas, y aún viéndonos repletos, seguía insistiendo en que comiésemos.
El padre de Beltrán (a quién le llamaré Turco) consiguió al fin un remise que se animase a trasladarnos casi hasta donde el diablo perdió el poncho.
Al anochecer arribamos a destino.
Destino era una modesta casita de bloques rodeada como por ocho o diez chabolas mal terminadas y mal empezadas en las que se amalgamaban chapas, cartones, costaneros y sabe Dios que más. Figuraba también un galpón abierto (a decir verdad era un techo curvo de dolmenit que iba hasta el suelo) dentro de él: un carro, fuera de él, un caballo percherón que pastaba indiferente.
Había perros, gallinas, una extensa cuerda de la que colgaban ropa, trapos, alpargatas bigotudas, y unos cuántos chorizos en parejas.
Por último conocí la cocina, que en nada difería a las chabolas, excepción hecha de los elementos de cocina, y en el umbral de la misma, algo que no esperaba encontrarme hasta el momento: una persona.
Sin entrar en consideraciones de tipo alguno, ni fijar contextos o encuadres por los que se puede considerar que una persona es o se asemeja, diré nada más que aquel que me encontré en el umbral de la cocina era un morador; un habitante de los montes.
Lo encontramos muy cerca de una damajuana casi vacía, parecía dormitar, pero el reflejo de una hoguera mortecina le iluminó por un instante la mirada, enclavada en una jungla de pelambre. La primera impresión fue que aquella mirada hablaba de alineación e insania, y fue una impresión que no cambié en ningún momento en que allí estuve.
-¡Despertate viejo! ¡Dale che!- la voz del turco demostraba falso enojo- Conté mal o te chupaste cincuenta en quince días?-
Debo decir que la forma de hablar del habitante de los montes (a quién llamaré el habitante de los montes) me recordó de inmediato al dibujito aquel sobre una familia de ositos montañeses, más exactamente al padre, un oso veterano de mameluco y escopeta, amante de la siesta, que cuando no tenía más remedio que hablar refunfuñaba o mascullaba algo incomprensible que remataba con fragmentos de oración “mmmprrrffmmmnn,oie a má...” De tal modo hablaba el habitante aquella noche.
-Mmmmrmkkfkkmññmmvdddnm, ¿ y este viejo?- se refería a mí- mmmnmerrp, este viejo mmmpprmnf, no aguanta nada, wñwñmmvmdrrpñm, ni dos días... -
Un peculiar carácter, aunado a los vapores del licor lo habían dispuesto en mi contra. La agresividad de sus comentarios subía, buscando quizás mi reacción.
Yo me reía, hasta que mi forzada sonrisa empezó a dolerme, y me quedé viendo aquel pedazo de gallina con las plumas chamuscadas que descansaba en una parrilla sobre aquellas agónicas brazas. Me dava cuenta que la situación era de alarma, y que hacia rato que aquel sujeto había traspuesto las fronteras de mi paciencia. Y en lugar de irme a dormir se me ocurrió exigir respeto; el habitante insistió con sus agravios, y a mí debe habérseme saltado la vena de la frente, Alcé la voz diciendo algo que no debió haberse oído muy distinto al “mmnmrmfgn” rematándolo con un “ ¡carajo!”. El hombre peludo se había levantado del banquito y manoteó una cuchilla de la mesa, no entendía bien por que, pero se venía la maroma. Por fortuna estaban todos en la escena y lo detuvieron desarmándolo y reprendiéndolo fuertemente.
Nunca me hubiera alcanzado, por que estaba al otro lado de la mesa; pero me asustó el sujeto, eso lo juro.
Y pasado el momento de tensión, pareció haber capturado lucidez, y aprovechándola nos deseó a todos buenas noches, y se retiró a su chabola.
El Turco me aconsejó “no hay que darle bolilla” y “pateá pa`donde dispara”. Me explicó que hacía más de un año que vivía en ese campamento y nunca iba al poblado. Que hacía dos semanas estaba solo, y que medio intoxicado había tenido una mala reacción, que no era malo.
Yo estaba de acuerdo, no sería malo, pero era peligroso, y para mi gusto, demasiado.
Más tarde cenamos galleta con chorizo, tomamos mate y fumamos. El Turco dio cuenta de la damajuana del habitante y abrió otra que trajo de un depósito de víveres que había. No he visto ni veré un individuo como aquel para comer ajíes, ¡de a una docena y conversando!
Y era así todos los días.
Aquella noche estaba frío y yo tiritaba ante la idea de tener que dormir en aquellas casuchas llenas de intersticios, por donde penetraría, seguro, el aire helado de los montes.
Aunque por ventura tuve acceso a la casita, la que contaba, a Dios gracias, con un enorme hogar que daba gusto.
Esa misma noche dormí con mi cuchilla debajo de la almohada, y también las demás noches que habría de dormir bajo aquel techo.
A las cinco y media nos llamaron, y al rato estábamos resbalando en la escarcha, tumbando eucaliptus y descortezándolos con unas herramientas parecidas a uñas. Al poco mis manos ya sangraban, las envolvía en trapos y era inútil.
Al mediodía no podía agarrar el tenedor para comer la polenta de Beltrán, los dedos, más allá de las heridas, me habían quedado como agarrotados, el agua tibia me palió un poco, pero no gran cosa, solo para sostener el tenedor.
La segunda noche no pude ni dormir, me dolía todo el cuerpo y las manos en carne viva me palpitaban como si tuviese un corazón en cada una.
Me zampé una ampolleta de dorixina que una amiga me había dado para la muela, y la fui sobrellevando como pude.
Al día siguiente tomé la actitud de no importárseme de nada, o sea, a los pasados dolores acumulé otros y llegado un momento ya no dolían tanto.
En tiempos, reflexionaba sobre la dureza de aquella vida, el habitante no erraba demasiado al afirmar que: “mnñemmmvñmf, este viejo ni dos días”. Pero así y todo, crucé los dos días profetizados, y si bien no podía alcanzar el ritmo de trabajo de los otros, cuando menos iba superando el mío propio.
Me parecía increíble que a las siete de la mañana, con una temperatura de uno o dos grados, uno estuviese trabajando sin más ropa que una bermuda y un par de botas, y sudando a mares, pero así ocurría. Y al respirar aquel aire frío, hinchando mis pulmones me llenaba de una alegría desafiante.
Al décimo tercer día habíamos acabado el sector asignado por la F.N.P., y no había otra que mudar el campamento a Canelones. Asunto que implicaba desarmar las casillas para luego reconstruirlas, y en tal faena no correrían los jornales. Ni que decir que la idea no me gustaba en lo absoluto. Y entonces, empecé a tramar mi escape.
Al catorceavo día vi pasar a lo lejos, un camión por el perímetro, que se dirigía al sector en que moraban habitantes de procedencia fronteriza y brasileros. Pedí el caballo y fui hasta la zona a averiguar que posibilidad tenía de salirme de los bosques.
Me informaron que a la tarde saldrían remolcando un ómnibus que había servido de hogar quién sabe a quién, y que salían con rumbo a Juan Lacaze, que a tal y tal hora y lugar, y yo me largo.
Al volver al campamento, plantié la cosa, y el taimado de Beltrán me salió con no sé que cosa de “la ley del monte”, por la cual, y entre otros términos que no pude conocer, el que se va no cobra, yo argüí que el laburo había acabado, al fin quedó en pagarme más adelante, en el pueblo, cosa que jamás ocurrió.
Llené pues mi bolsa de plastillera con mis pertenencias, saludé a todos de buen tono y abordé el ómnibus remolcado que me alejó sin pena ni gloria de aquel mundo, a mi ver, un tanto hostil.

Lo único que volví a saber de ellos fue que al turco le cayó un gran árbol encima, se lo escuché decir en un bar a un familiar suyo directo, y con el vaso de vino apretado y los ojos lagrimeantes aseguraba que no había sido un accidente.

(Para mi hermano Andrés, que puso aquel aviso que permitió esta historia…)