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LA BARRACA
La siguiente historia cuenta sobre la secreta complicidad entre un viejo y un niño, unidos en la maravilla y en el espanto. Un nieto y un abuelo.
Pasados muchos años, quién fuera el niño, o el nieto, depositó en mi este relato, una historia que a todas vistas le pesaba.
Advierto que me limitaré a narrar los hechos casi tal como José me los contó. El relato presenta tonos inverosímiles, fantásticos, ni José pretendió que yo le creyera, ni yo pretendo hacerles creer lo que él contó. Lo conozco hace más de treinta años, nuestra inflexible amistad permitió esto, lo cual espero tener la suficiente capacidad para expresarlo.
Desde muy chico sabía que allí rondaba algo, podía ser adentro o afuera, pero siempre por la noche; algo que no podía describir, pero que lo afectaba fuertemente. Muy fuertemente, como luego veremos.
La barraca era un enorme galpón céntrico que databa de fines del siglo XIX, y que contenía en sí misma: Una carpintería, un aserradero, una oficina de ventas, recónditos depósitos, también estaba allí el hogar provisorio por muchos años de los abuelos de José, y por último: Una cocina vieja...
El provisorio hogar se comunicaba a la calle por un largo corredor de piso de pinotea, que José siempre asoció a una pesadilla de su más remota niñez.
Don Barredo había sido carpintero, buen mueblero, sumamente empeñoso en lo relativo a su trabajo, de ideas concretas e inalterables, fue un apasionado defensor de su credo político y moral hasta los límites de la porfía.
Le preocupaba más un trabajo bien hecho, que lo que pudiese cobrar por el mismo; fue mucho el sudor que humedeció los aserrines antes de que la humilde carpintería se volviese una prestigiosa barraca que aún hoy existe.
El año de 1976 marcó un antes y un después en la barraca, un antes y un después en la familia, y un antes y un después en la vida de José. Fue el año del incendio, en el cual, en una madrugada de mayo se desatase uno de los más voraces que el pueblo recuerde. Madrugada en la que también nacía un primo, que como curiosa premonición hoy dirige los destinos de una nueva barraca, reconstruida sobre las cenizas del siniestro.
José tenía nueve años, y recuerda como su padre lo despertó a la madrugada con cautela, diciéndole que no se asustase, pero que había fuego en el taller, que era otra denominación de la barraca.
Ellos vivían en la casa pegada, con lo que las posibilidades de que el fuego la abrazara eran altísimas. Sin embargo, aquel chico se levantó, y al ver a través del zaguán abierto de la casa, el reflejo de las llamas en la vereda de enfrente, no pensó en fuego; pensó: esos son los reflejos, esas son las sombras del carlanco.
Esa misma noche había visto algo; algo que solo habría de contar a dos personas: a su abuelo y a mí.
Una de las consecuencias del incendio fue una severa hemiplegia en el lado izquierdo del viejo, lo que sumado a una progresiva miopía y a un tumor en la próstata, obligaron al viejo a una forzada postración, o a un merecido descanso. Y aunque un desfile de hijos, nietos, amigos y esposa, iban y venían haciéndole los días llevaderos; algo peor que el cáncer le removía las entrañas.
José, que ya rondaba los diez, frecuentaba de continuo la casa de los abuelos, que quedaba junto a la suya (la que aquella infausta noche los vientos de la noche perdonaron) pero del otro lado de las ruinas.
Ya no existía la casa del lóbrego corredor, ni la cocina vieja. La casa nueva era otra cosa, y se descubría rezando para que todo hubiese terminado.
José experimentaba sensaciones contradictorias, por que por un lado le desconcertaban algunas reacciones del abuelo, reacciones que, según unos, eran consecuencia de una incipiente chochez, y, según otros, por que siempre había sido medio chiflado, pero él adivinaba algo en el viejo, algo como lo que él sentía, y llegaba a pensar que si fuera su abuelo actuaría de igual modo, y no por capricho, sino por que, bueno, por que tenían algo en común...
Todas las tardecitas le hacía una visita formal, era la hora en que el viejo escuchaba los payadores en la radio, y aquel entorno de la pieza en penumbras, y los espejos del ropero, le provocaban una deleitable tristeza.
A veces estaba la abuela, que le cebaba algún mate al marido, y la norma de esos atardeceres era el silencio, solo aquellos criollos, y sus guitarras, narrando en versos, trágicos infortunios y épicas hazañas.
Al oscurecer del todo prendían la luz, y ahí si conversaban, el viejo le enseñó a jugar al truco, le enseñó la teoría de la pesca, otra vez le indicó como hacer un tablero de ludo sobre una chapa de fibra, utilizando su viejo compás de doble punta, y así jugaron ludo hasta cansarse.
El viejo le enseñaba adivinanzas y toda clase de cuentos. Pero el juego que siempre había fascinado a José desde mucho antes de todo, era uno que consistía en que él le decía al viejo, por ejemplo: “A que estás pensando en un caballo”. Y el viejo le decía: “Justito, un tordillo patas negras”, o algo por el estilo.
Cuando era más chico creía que era magia, o algo así, y aunque con diez años ya creía saber que el viejo le seguía la corriente, también él se la seguía, y de verdad lo pasaban bien. La confianza entre ellos era absoluta. Y su amistad floreció después del fuego.
Según José contó, pasaron muchos meses hasta que decidiera confesarle lo visto la noche previa al incendio.
Por que seguía sintiendo miedo, y no sabía que podía pensar su abuelo.
Pero el coraje llegó un día, y ese día le contó.
Su voz era un hilito que amenazaba cortarse, pero así como empezó, llegó al final, y su abuelo lo abrazó con su brazo bueno.
Lo que José le contó fue que aquella noche previa al incendio, él había estado en la cocina vieja, que estaba solo, y jugaba con unos autitos de colección, en eso estaba cuando de repente sintió frío y ganas de irse, el viejo reloj de pared marcaba las once de la noche, ya hacía rato su madre y sus tíos habían salido con urgencia para Montevideo, por que su tía iba a dar a luz. Se levantó del banquito en el que estaba sentado, y procedía a esfumarse cuando por la ventana de la cocina vislumbró algo, como una fosforescencia que parecía provenir del lado de los gallineros.
Se quedó inmóvil, observando, era como una neblina, se movía, y evolucionaba rumbo a la ventana a través de la cual él la miraba.
El miedo era angustioso, como un enorme guante de cuero que le apretase el corazón, no podía dejar de mirar, a pesar de que quería huir cuanto antes.
Y contó que aquella neblina cobró forma frente mismo del, y que aquella forma era una cara, como de cera, horripilante, y que en el agujero que tenía por boca vio una luz roja, y no tardó en darse cuenta que lo que colgaba de aquella diabólica máscara era un cigarro, un cigarro que una mano cerosa, hecha de aquella neblina fosforescente se sacó de los labios y lo arrojó lejos de ella. Nada más pudo ver, por que entonces estalló la tensión, y salió corriendo más rápido que el viento , llegando a su casa, y metiéndose en cama a llorar la opresión que le había dejado aquel horror. Se juró no volver a quedarse solo en la cocina vieja, pero horas más tarde ya no tendría la posibilidad de quebrar su juramento, la cocina vieja se transformó en cenizas y carbón.
Don barredo lo escuchó, lo abrazó, puede que hayan lagrimeado; luego el viejo le indicó que llevase el perro al fondo, y que al volver cerrase bien la puerta, que también él tenía algo que contarle.
Dejó el perro medio alunado allá en el fondo, la abuela estaba compenetrada en un episodio televisivo en la cocina; cerró bien la puerta y se sentó.
Entonces el viejo le contó.
Le contó que muchas veces, en sus tiempos de actividad, se quedaba a trabajar después de hora, a veces hasta tarde de la noche, era casi una costumbre.
Y que la noche en cuestión, de aquel año de 1945, lo encontró trabajando en un armario, Había regocijo en el pueblo, la segunda guerra había acabado, y a eso de las once de la noche, le golpean la persiana de la calle.
El se acercó y preguntó quién era. Se trataba de un ex empleado, con él que había tenido alguna diferencia, de orden ético, por decirlo de algún modo.
El sujeto estaba ebrio y comenzó a insultar al viejo, y a tratarlo de negrero, y hasta de nazi.
Para evitar un escándalo lo hizo entrar a la carpintería, y lejos de calmarse, le agredía aún más.
El viejo confesó que “estaba cagado en las patas”, y no podía creer el error que había cometido al haberlo hecho entrar.
Entonces dice que de repente el hombre se quedó callado, y prendió un pucho, y que se lo quedó mirando fijo, y que la cara parecía cambiarle, volverse como un muñeco (¡¿De cera?!)
Y que cuando quiso acordar, aquel individuo arrojó el cigarro a una pila de viruta. El viejo corrió a juntar la colilla, no pudo encontrarla, a pesar de que había visto donde caía, entonces se volvió y el sujeto ya no estaba. Fue a buscar el revólver y registró todo el taller de arriba abajo. El tipo se había esfumado inexplicablemente, y nunca más volvió a verlo.
José dice que le preguntó al abuelo si aquello habría terminado, y que el viejo le respondió después de un rato: “Cuídese usté m´hijo, cuídese, y nunca, nunca le dé la espalda a nadie”
