domingo, 21 de diciembre de 2008

La Barraca



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LA BARRACA

La siguiente historia cuenta sobre la secreta complicidad entre un viejo y un niño, unidos en la maravilla y en el espanto. Un nieto y un abuelo.
Pasados muchos años, quién fuera el niño, o el nieto, depositó en mi este relato, una historia que a todas vistas le pesaba.
Advierto que me limitaré a narrar los hechos casi tal como José me los contó. El relato presenta tonos inverosímiles, fantásticos, ni José pretendió que yo le creyera, ni yo pretendo hacerles creer lo que él contó. Lo conozco hace más de treinta años, nuestra inflexible amistad permitió esto, lo cual espero tener la suficiente capacidad para expresarlo.

Desde muy chico sabía que allí rondaba algo, podía ser adentro o afuera, pero siempre por la noche; algo que no podía describir, pero que lo afectaba fuertemente. Muy fuertemente, como luego veremos.

La barraca era un enorme galpón céntrico que databa de fines del siglo XIX, y que contenía en sí misma: Una carpintería, un aserradero, una oficina de ventas, recónditos depósitos, también estaba allí el hogar provisorio por muchos años de los abuelos de José, y por último: Una cocina vieja...
El provisorio hogar se comunicaba a la calle por un largo corredor de piso de pinotea, que José siempre asoció a una pesadilla de su más remota niñez.
Don Barredo había sido carpintero, buen mueblero, sumamente empeñoso en lo relativo a su trabajo, de ideas concretas e inalterables, fue un apasionado defensor de su credo político y moral hasta los límites de la porfía.
Le preocupaba más un trabajo bien hecho, que lo que pudiese cobrar por el mismo; fue mucho el sudor que humedeció los aserrines antes de que la humilde carpintería se volviese una prestigiosa barraca que aún hoy existe.
El año de 1976 marcó un antes y un después en la barraca, un antes y un después en la familia, y un antes y un después en la vida de José. Fue el año del incendio, en el cual, en una madrugada de mayo se desatase uno de los más voraces que el pueblo recuerde. Madrugada en la que también nacía un primo, que como curiosa premonición hoy dirige los destinos de una nueva barraca, reconstruida sobre las cenizas del siniestro.
José tenía nueve años, y recuerda como su padre lo despertó a la madrugada con cautela, diciéndole que no se asustase, pero que había fuego en el taller, que era otra denominación de la barraca.
Ellos vivían en la casa pegada, con lo que las posibilidades de que el fuego la abrazara eran altísimas. Sin embargo, aquel chico se levantó, y al ver a través del zaguán abierto de la casa, el reflejo de las llamas en la vereda de enfrente, no pensó en fuego; pensó: esos son los reflejos, esas son las sombras del carlanco.
Esa misma noche había visto algo; algo que solo habría de contar a dos personas: a su abuelo y a mí.
Una de las consecuencias del incendio fue una severa hemiplegia en el lado izquierdo del viejo, lo que sumado a una progresiva miopía y a un tumor en la próstata, obligaron al viejo a una forzada postración, o a un merecido descanso. Y aunque un desfile de hijos, nietos, amigos y esposa, iban y venían haciéndole los días llevaderos; algo peor que el cáncer le removía las entrañas.
José, que ya rondaba los diez, frecuentaba de continuo la casa de los abuelos, que quedaba junto a la suya (la que aquella infausta noche los vientos de la noche perdonaron) pero del otro lado de las ruinas.
Ya no existía la casa del lóbrego corredor, ni la cocina vieja. La casa nueva era otra cosa, y se descubría rezando para que todo hubiese terminado.
José experimentaba sensaciones contradictorias, por que por un lado le desconcertaban algunas reacciones del abuelo, reacciones que, según unos, eran consecuencia de una incipiente chochez, y, según otros, por que siempre había sido medio chiflado, pero él adivinaba algo en el viejo, algo como lo que él sentía, y llegaba a pensar que si fuera su abuelo actuaría de igual modo, y no por capricho, sino por que, bueno, por que tenían algo en común...
Todas las tardecitas le hacía una visita formal, era la hora en que el viejo escuchaba los payadores en la radio, y aquel entorno de la pieza en penumbras, y los espejos del ropero, le provocaban una deleitable tristeza.
A veces estaba la abuela, que le cebaba algún mate al marido, y la norma de esos atardeceres era el silencio, solo aquellos criollos, y sus guitarras, narrando en versos, trágicos infortunios y épicas hazañas.
Al oscurecer del todo prendían la luz, y ahí si conversaban, el viejo le enseñó a jugar al truco, le enseñó la teoría de la pesca, otra vez le indicó como hacer un tablero de ludo sobre una chapa de fibra, utilizando su viejo compás de doble punta, y así jugaron ludo hasta cansarse.
El viejo le enseñaba adivinanzas y toda clase de cuentos. Pero el juego que siempre había fascinado a José desde mucho antes de todo, era uno que consistía en que él le decía al viejo, por ejemplo: “A que estás pensando en un caballo”. Y el viejo le decía: “Justito, un tordillo patas negras”, o algo por el estilo.
Cuando era más chico creía que era magia, o algo así, y aunque con diez años ya creía saber que el viejo le seguía la corriente, también él se la seguía, y de verdad lo pasaban bien. La confianza entre ellos era absoluta. Y su amistad floreció después del fuego.

Según José contó, pasaron muchos meses hasta que decidiera confesarle lo visto la noche previa al incendio.
Por que seguía sintiendo miedo, y no sabía que podía pensar su abuelo.
Pero el coraje llegó un día, y ese día le contó.
Su voz era un hilito que amenazaba cortarse, pero así como empezó, llegó al final, y su abuelo lo abrazó con su brazo bueno.
Lo que José le contó fue que aquella noche previa al incendio, él había estado en la cocina vieja, que estaba solo, y jugaba con unos autitos de colección, en eso estaba cuando de repente sintió frío y ganas de irse, el viejo reloj de pared marcaba las once de la noche, ya hacía rato su madre y sus tíos habían salido con urgencia para Montevideo, por que su tía iba a dar a luz. Se levantó del banquito en el que estaba sentado, y procedía a esfumarse cuando por la ventana de la cocina vislumbró algo, como una fosforescencia que parecía provenir del lado de los gallineros.
Se quedó inmóvil, observando, era como una neblina, se movía, y evolucionaba rumbo a la ventana a través de la cual él la miraba.
El miedo era angustioso, como un enorme guante de cuero que le apretase el corazón, no podía dejar de mirar, a pesar de que quería huir cuanto antes.
Y contó que aquella neblina cobró forma frente mismo del, y que aquella forma era una cara, como de cera, horripilante, y que en el agujero que tenía por boca vio una luz roja, y no tardó en darse cuenta que lo que colgaba de aquella diabólica máscara era un cigarro, un cigarro que una mano cerosa, hecha de aquella neblina fosforescente se sacó de los labios y lo arrojó lejos de ella. Nada más pudo ver, por que entonces estalló la tensión, y salió corriendo más rápido que el viento , llegando a su casa, y metiéndose en cama a llorar la opresión que le había dejado aquel horror. Se juró no volver a quedarse solo en la cocina vieja, pero horas más tarde ya no tendría la posibilidad de quebrar su juramento, la cocina vieja se transformó en cenizas y carbón.
Don barredo lo escuchó, lo abrazó, puede que hayan lagrimeado; luego el viejo le indicó que llevase el perro al fondo, y que al volver cerrase bien la puerta, que también él tenía algo que contarle.
Dejó el perro medio alunado allá en el fondo, la abuela estaba compenetrada en un episodio televisivo en la cocina; cerró bien la puerta y se sentó.
Entonces el viejo le contó.
Le contó que muchas veces, en sus tiempos de actividad, se quedaba a trabajar después de hora, a veces hasta tarde de la noche, era casi una costumbre.
Y que la noche en cuestión, de aquel año de 1945, lo encontró trabajando en un armario, Había regocijo en el pueblo, la segunda guerra había acabado, y a eso de las once de la noche, le golpean la persiana de la calle.
El se acercó y preguntó quién era. Se trataba de un ex empleado, con él que había tenido alguna diferencia, de orden ético, por decirlo de algún modo.
El sujeto estaba ebrio y comenzó a insultar al viejo, y a tratarlo de negrero, y hasta de nazi.
Para evitar un escándalo lo hizo entrar a la carpintería, y lejos de calmarse, le agredía aún más.
El viejo confesó que “estaba cagado en las patas”, y no podía creer el error que había cometido al haberlo hecho entrar.
Entonces dice que de repente el hombre se quedó callado, y prendió un pucho, y que se lo quedó mirando fijo, y que la cara parecía cambiarle, volverse como un muñeco (¡¿De cera?!)
Y que cuando quiso acordar, aquel individuo arrojó el cigarro a una pila de viruta. El viejo corrió a juntar la colilla, no pudo encontrarla, a pesar de que había visto donde caía, entonces se volvió y el sujeto ya no estaba. Fue a buscar el revólver y registró todo el taller de arriba abajo. El tipo se había esfumado inexplicablemente, y nunca más volvió a verlo.
José dice que le preguntó al abuelo si aquello habría terminado, y que el viejo le respondió después de un rato: “Cuídese usté m´hijo, cuídese, y nunca, nunca le dé la espalda a nadie”

lunes, 8 de diciembre de 2008

2 semanas en un bosque



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DOS SEMANAS EN UN BOSQUE

Todo empieza con una solicitud de empleo que mi hermano hizo pública en la emisora local de radio. Llaman a casa, medio de urgencia; mi hermano, tal vez intuyendo algo, se había esfumado, y como tampoco yo tenía trabajo, tomé su lugar sin mayor remordimiento.
Acudí a la entrevista, ¿Tengo práctica en los montes? No importa, igual se aprende, ciento veinte con casa y comida, no está mal, y otra cosa, hay que viajar ¿tengo problema? Bien, en la terminal, mañana doce y media.
Subí a aquel ómnibus sin saber adonde iba, ni lo que iba a hacer exactamente. La cuadrilla la formábamos cuatro: yo, mi contratista, el papá del contratista y un joven que ya había trabajado para ellos.
Habría de descubrir en ellos otros denominadores comunes, pero el primero que saltó a mi vista se ubicaba en las manos, tenían formato de raíces, gruesos dedos agrietados, y una película grisácea parecía recubrirles el natural color de las mismas. Estaban recurtidos, y yo miraba las mías no sin algún grado de inquietud.
Viajé junto al joven, el que yo no sé por que daba continuamente vuelta un casette de una espeluznante orquesta de género tropical en su radiograbador. Así fue el viaje, de mis manos, a las extrañas maniobras de aquel chico.
Llegamos a una localidad que no me atrevo a afirmar si se llamaba Florencio Sánchez, y tampoco me atrevo a afirmar si aquello era Río Negro o Soriano, por que tampoco me acuerdo. Por allí anduvimos, buscando un auto de alquiler. Mi patrón (a quién llamaré Beltrán) adquirió cinco quilos de tanjarinas, y aún viéndonos repletos, seguía insistiendo en que comiésemos.
El padre de Beltrán (a quién le llamaré Turco) consiguió al fin un remise que se animase a trasladarnos casi hasta donde el diablo perdió el poncho.
Al anochecer arribamos a destino.
Destino era una modesta casita de bloques rodeada como por ocho o diez chabolas mal terminadas y mal empezadas en las que se amalgamaban chapas, cartones, costaneros y sabe Dios que más. Figuraba también un galpón abierto (a decir verdad era un techo curvo de dolmenit que iba hasta el suelo) dentro de él: un carro, fuera de él, un caballo percherón que pastaba indiferente.
Había perros, gallinas, una extensa cuerda de la que colgaban ropa, trapos, alpargatas bigotudas, y unos cuántos chorizos en parejas.
Por último conocí la cocina, que en nada difería a las chabolas, excepción hecha de los elementos de cocina, y en el umbral de la misma, algo que no esperaba encontrarme hasta el momento: una persona.
Sin entrar en consideraciones de tipo alguno, ni fijar contextos o encuadres por los que se puede considerar que una persona es o se asemeja, diré nada más que aquel que me encontré en el umbral de la cocina era un morador; un habitante de los montes.
Lo encontramos muy cerca de una damajuana casi vacía, parecía dormitar, pero el reflejo de una hoguera mortecina le iluminó por un instante la mirada, enclavada en una jungla de pelambre. La primera impresión fue que aquella mirada hablaba de alineación e insania, y fue una impresión que no cambié en ningún momento en que allí estuve.
-¡Despertate viejo! ¡Dale che!- la voz del turco demostraba falso enojo- Conté mal o te chupaste cincuenta en quince días?-
Debo decir que la forma de hablar del habitante de los montes (a quién llamaré el habitante de los montes) me recordó de inmediato al dibujito aquel sobre una familia de ositos montañeses, más exactamente al padre, un oso veterano de mameluco y escopeta, amante de la siesta, que cuando no tenía más remedio que hablar refunfuñaba o mascullaba algo incomprensible que remataba con fragmentos de oración “mmmprrrffmmmnn,oie a má...” De tal modo hablaba el habitante aquella noche.
-Mmmmrmkkfkkmññmmvdddnm, ¿ y este viejo?- se refería a mí- mmmnmerrp, este viejo mmmpprmnf, no aguanta nada, wñwñmmvmdrrpñm, ni dos días... -
Un peculiar carácter, aunado a los vapores del licor lo habían dispuesto en mi contra. La agresividad de sus comentarios subía, buscando quizás mi reacción.
Yo me reía, hasta que mi forzada sonrisa empezó a dolerme, y me quedé viendo aquel pedazo de gallina con las plumas chamuscadas que descansaba en una parrilla sobre aquellas agónicas brazas. Me dava cuenta que la situación era de alarma, y que hacia rato que aquel sujeto había traspuesto las fronteras de mi paciencia. Y en lugar de irme a dormir se me ocurrió exigir respeto; el habitante insistió con sus agravios, y a mí debe habérseme saltado la vena de la frente, Alcé la voz diciendo algo que no debió haberse oído muy distinto al “mmnmrmfgn” rematándolo con un “ ¡carajo!”. El hombre peludo se había levantado del banquito y manoteó una cuchilla de la mesa, no entendía bien por que, pero se venía la maroma. Por fortuna estaban todos en la escena y lo detuvieron desarmándolo y reprendiéndolo fuertemente.
Nunca me hubiera alcanzado, por que estaba al otro lado de la mesa; pero me asustó el sujeto, eso lo juro.
Y pasado el momento de tensión, pareció haber capturado lucidez, y aprovechándola nos deseó a todos buenas noches, y se retiró a su chabola.
El Turco me aconsejó “no hay que darle bolilla” y “pateá pa`donde dispara”. Me explicó que hacía más de un año que vivía en ese campamento y nunca iba al poblado. Que hacía dos semanas estaba solo, y que medio intoxicado había tenido una mala reacción, que no era malo.
Yo estaba de acuerdo, no sería malo, pero era peligroso, y para mi gusto, demasiado.
Más tarde cenamos galleta con chorizo, tomamos mate y fumamos. El Turco dio cuenta de la damajuana del habitante y abrió otra que trajo de un depósito de víveres que había. No he visto ni veré un individuo como aquel para comer ajíes, ¡de a una docena y conversando!
Y era así todos los días.
Aquella noche estaba frío y yo tiritaba ante la idea de tener que dormir en aquellas casuchas llenas de intersticios, por donde penetraría, seguro, el aire helado de los montes.
Aunque por ventura tuve acceso a la casita, la que contaba, a Dios gracias, con un enorme hogar que daba gusto.
Esa misma noche dormí con mi cuchilla debajo de la almohada, y también las demás noches que habría de dormir bajo aquel techo.
A las cinco y media nos llamaron, y al rato estábamos resbalando en la escarcha, tumbando eucaliptus y descortezándolos con unas herramientas parecidas a uñas. Al poco mis manos ya sangraban, las envolvía en trapos y era inútil.
Al mediodía no podía agarrar el tenedor para comer la polenta de Beltrán, los dedos, más allá de las heridas, me habían quedado como agarrotados, el agua tibia me palió un poco, pero no gran cosa, solo para sostener el tenedor.
La segunda noche no pude ni dormir, me dolía todo el cuerpo y las manos en carne viva me palpitaban como si tuviese un corazón en cada una.
Me zampé una ampolleta de dorixina que una amiga me había dado para la muela, y la fui sobrellevando como pude.
Al día siguiente tomé la actitud de no importárseme de nada, o sea, a los pasados dolores acumulé otros y llegado un momento ya no dolían tanto.
En tiempos, reflexionaba sobre la dureza de aquella vida, el habitante no erraba demasiado al afirmar que: “mnñemmmvñmf, este viejo ni dos días”. Pero así y todo, crucé los dos días profetizados, y si bien no podía alcanzar el ritmo de trabajo de los otros, cuando menos iba superando el mío propio.
Me parecía increíble que a las siete de la mañana, con una temperatura de uno o dos grados, uno estuviese trabajando sin más ropa que una bermuda y un par de botas, y sudando a mares, pero así ocurría. Y al respirar aquel aire frío, hinchando mis pulmones me llenaba de una alegría desafiante.
Al décimo tercer día habíamos acabado el sector asignado por la F.N.P., y no había otra que mudar el campamento a Canelones. Asunto que implicaba desarmar las casillas para luego reconstruirlas, y en tal faena no correrían los jornales. Ni que decir que la idea no me gustaba en lo absoluto. Y entonces, empecé a tramar mi escape.
Al catorceavo día vi pasar a lo lejos, un camión por el perímetro, que se dirigía al sector en que moraban habitantes de procedencia fronteriza y brasileros. Pedí el caballo y fui hasta la zona a averiguar que posibilidad tenía de salirme de los bosques.
Me informaron que a la tarde saldrían remolcando un ómnibus que había servido de hogar quién sabe a quién, y que salían con rumbo a Juan Lacaze, que a tal y tal hora y lugar, y yo me largo.
Al volver al campamento, plantié la cosa, y el taimado de Beltrán me salió con no sé que cosa de “la ley del monte”, por la cual, y entre otros términos que no pude conocer, el que se va no cobra, yo argüí que el laburo había acabado, al fin quedó en pagarme más adelante, en el pueblo, cosa que jamás ocurrió.
Llené pues mi bolsa de plastillera con mis pertenencias, saludé a todos de buen tono y abordé el ómnibus remolcado que me alejó sin pena ni gloria de aquel mundo, a mi ver, un tanto hostil.

Lo único que volví a saber de ellos fue que al turco le cayó un gran árbol encima, se lo escuché decir en un bar a un familiar suyo directo, y con el vaso de vino apretado y los ojos lagrimeantes aseguraba que no había sido un accidente.

(Para mi hermano Andrés, que puso aquel aviso que permitió esta historia…)

jueves, 27 de noviembre de 2008

!!!SHHHHHHHHH!!!...



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SHHHHHHHH!!!

Una serie de coincidencias, una clara secuencia de coincidencias que piden a gritos atención. Y la supuesta atención que estas coincidencias reclaman, no encuentro otra forma de atenderlas que relatando lo ocurrido. Y lo ocurrido tiene forma de sueños, sueños ajenos, de inquietantes presencias, también de un hondo misterio. El hondo misterio de todo…

La historia ya estaba escrita, hace ahora casi un año, aquí está el borrador que lo atestigua si ello sirve de algo.
Luego, al parecer, le di cajón al manuscrito, y no volví a corregirlo; incluso lo había olvidado, hasta que hoy volvió a encontrarme.
Por el motivo que sea (que seguro lo hay) a esta historia de coincidencias se le ha sumado además, una nueva coincidencia, entonces me doy cuenta: es hora de ordenar un poco esto.

El desencadenante fue un cuento. Un cuento de Bioy Casares, el legendario amigo de Borges.
Pero antes de eso, he de contar como la misma tarde en que descubro el tal cuento en la biblioteca, husmeando en los anqueles me encuentro primero las tragedias de Shakespeare e inmediatemente las novelas ejemplares de Cervantes, observando que, en ambos volumenes, figuraba un retrato de su autor, y que ambos caballeros compartían una misma indumentaria, tratándose de esos cuellos muy de moda al parecer por aquellas generaciones; no tengo idea de su nombre, pero si cabe una comparación para describirlos, a mi se me antoja la imagen de unas enormes vértebras, vaya uno a saber de que pescado. Y si uno observa las monedas de 10 y 20 céntimos de Euro españolas, verá la efigie de Cervantes y el cuellito a que me refiero, por que es lo que lleva puesto.


Evidentemente, este hecho no constituía una casualidad, solo que me hizo acordar a mi madre de inmediato.
Y el porque se remonta a una anécdota que ella me relató hace unos años.
En la misma, mi mamá era pequeña, alrededor de los diez años según creo recordar.
Por entonces, ella solía pasar sus vacaciones de verano en la casa de unos tíos que vivían en la campaña.
Una mañana, estos tíos la enviaron, junto a su prima y a su primo, a hacer un mandado, lo que les implicaba llegar hasta la ruta y coger por la banquina hasta el lugar indicado.
Por la banquina iban, cuando mi madre vió venir una especie de coche antiguo, un coche viejo si, pero no exento de cierta nobleza.
Mamá se quedó viendo como se acercaba, poco a poco, hasta que pudo ver a la persona que venía en el asiento trasero del vehículo, no sería lo que se dice un viejo, pero aquel señor tenía sus años; y lo que extrañó de inmediato a mi madre fue su indumentaria, que ya podrán ir suponiendo se trataba de uno de esos arcaicos cuellos llenos de pliegues.
El señor este, venía también observando a mi pequeña futura madre; y cuando se cruzaron a pocos metros, el señor esbozó una leve sonrisa y con su dedo índice le hizo el gesto de que mantuviese el secreto.
Pero ella no pudo mantenerlo, de inmediato le preguntó a sus primos si habían visto lo mismo que ella; por lo que mamá cuenta, sus primos se hicieron los desentendidos, no dejándome en claro si en verdad no lo vieron, o acaso cierto temor les hacía disimular la visión…
Conocí esta anécdota, hace unos años, cuando compré en Tristán Narvaja, un libro con algunos ensayos de Montaigne, en cuya tapa, ilustrado, figuraba su autor. Vestido, como no, con uno de nuestros amigos “cuellos- vértebra”.
Al llevar este libro a casa de mamá desperté su recuerdo, y dijo: “Así, así era el hombre que yo vi cuando era chica”
Cosas de mi vieja, pensé yo, y no le di más importancia a aquel asunto.
Exactamente hasta el día de la biblioteca; en que luego de de observar las figuras del Inglés y el Español, y asociarlas a la historia de mi madre, me topo con el libro de Bioy Casares, que de inmediato llevé para casa, y esa misma tarde me dejé absorver por el cuento titulado “Los milagros no se recuperan”. Que trata sobre coincidencias inútiles para uno de los protagonistas, aunque no así para el otro, quien narra su desventura sentimental con una chica que conoce la muerte a una joven edad.
El personaje que narra sus desdichados amores, cuenta en un momento que, pasando un fin de semana en un hotel marplatense con su amada, ven a una extraña mujer con apariencia de foca que les hace un enigmático gesto de silencio, ya saben, con el dedo índice: shhh…
Entonces, esta pareja toma este gesto como cosa habitual, como una pequeña broma íntima.
Luego, como he dicho, la chica muere, y el narrador le cuenta al otro narrador (Que es Bioy Casares) como, en una escala de un vuelo entre Daquar y Ciudad del Cabo, entre dos contingentes de pasajeros, se le cruza su novia muerta (pero viva) y que ninguno dice nada, pero ante la perplejidad de él, ella le hace el gesto aquel con el dedo índice, de que guarde un secreto que al fin termina contando.
Hasta aquí, más o menos tenía desarrollada esta historia, incluso tenía un final. Pero eso fue hace un año.
Hoy en que me reencontré con ella, ocurrieron cosas, y que más o menos se articulan de este modo.
A la mañana, traje de la “biblio” una biografía de Borges, ya sabemos, el íntimo amigo de Bioy.
A mediodía, encontré el manuscrito que ahora reescribo.
A la tarde leo sobre como Borges solía soñar con habitaciones idénticas a otras que se repetían hasta el infinito. En ese momento siento otra vez sonar la alarma de las coincidencias.
Y es que se relaciona también con mi madre, y con un sueño recurrente que solía contar.
En el sueño, ella era perseguida, y se introducía en la casa de una vecina, y bajaba una escalera que la conducía a un laberinto. Lo sé, es un arquetipo común, y habrá muchos por el mundo que sueñen con eso, pero ahora, noten lo siguiente.
Como decía, hoy supe de ese sueño recurrente en Borges, pero hace mucho, yo había leído un cuento de él llamado, si mal no recuerdo: “Asterión”; es un cuento genial con una estremecedora vuelta de tuerca final.
No puedo contárselos, máxime que ya les conté demasiado del cuento “Los milagros no se recuperan”. Pero ese sueño recurrente en Borges, que le engendró otra visión en el mito del morador del laberinto, es también el caso de mi madre.
Ella soñaba esas habitaciones repetidas hasta que una vez soñó que deambulando en ellas vió una luz, y que entonces ella sentía estar sobre chapas de un techo, y que la luz provenía de una bolsita de piel, que un ser diminuto le ofrecía. El morador del laberinto no era un monstruo como se suele esperar, era un generoso ser que le ofrecía a mamá una gracia, pero le pedía silencio (¡) lo cierto es que mi madre se asustó, y a lo que atina es a gritar, entonces la luz empalidece hasta apagarse y provocar el retorno a la vigilia de mi madre.

Tal vez toda esta historia no sea todo lo extraordinaria que a mi en este momento me parece; lo que si reafrmo es mi deseo de llegar hasta aquí, “recuperando el milagro” de comunicarnos a través del Tiempo…

“El silencio yace en el océano
mientras las palabras fluyen a través del río
El océano te espera, no esperes al río.
Contempla el océano y aguarda su mensaje, vendrá, vendrá”
Rumi

“Shhh”
La mujer foca, la novia viva, el hombre que vió mi madre, el ser diminuto con el que soñó, el hondo Misterio de todo...

Dedicado a todos aquellos que coincidan en esta esquina del destino…

miércoles, 27 de agosto de 2008

En lo de Eugenia


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En lo de Eugenia

Abuelo empatillaba la plomada con destreza, en tanto me daba un acelerado curso de pesca. “Debajo de las macetas hay lombrices, elegí las finitas que le van mejor al mojarrero. No te apures a sacar, tenés que esperar que la boya se hunda bien. Que no se te olvide que lo principal es el silencio, el que es pescador
pesca callado, y no habla a menos que no tenga más remedio. Podés tirar arena para llamar a la mojarra o varear la caña en el agua. Y cuando se venga la noche y tengas que controlar más de una caña, no te distraigas, los bichos no pican en cañas desganadas, no me preguntes como saben pero saben. Y si viene muy pesada sacala de costado...”

Cuando todo estuvo listo, el viejo me extendió un billete de 100 pesos, de aquellos rojos.

A eso de las cinco, mi tío apagó el cepillo de la carpintería, se enjugó el sudor con una mano y le tiró las gotitas a mi primo, deben haber intercambiado improperios, sin duda. Nuestro tío era un experimentado bromista, y los sobrinos eramos su campo de entrenamiento. A veces a uno le daban ganas de matarlo.

“¿Subieron todo?-preguntó- Bueno, dale que `se vamo´ ”.

Prendió el “Opel”, y hasta la primer tranquera no paramos. También cruzamos otras, yo venía encantado del paisaje campestre, al fin llegamos a un lugar de tierra arada y el “Mono” estacionó debajo de un árbol.

“Bajen todo che, hay que meter pata antes que nos agarre la noche”.

Costeamos el monte hasta encontrar un pesquero lindo, el sol caía, y yo recuerdo los árboles del arroyo que se iluminaban con los fugitivos rayitos de sol y que me producían una dulce melancolía.

El Mono armó el campamento en un momento, y mientras lo hacía nos encomendó juntar leña y bosta. Yo malicié una broma, y debo haber dicho algo, mi tío me miró de soslayo y dijo “No sabés que la bosta seca al quemarse espanta a los mosquitos... pero que vas a saber vos si te has pasado ocho años prendido a la pollera de mama, dale, andá, juntá...”

Un poco avergonzado fui a hacer lo que me pedían, el Tino, tal el apodo de mi primo, se reía por lo bajo, se vengaba de mí por que antes yo me había reído del episodio de las gotas de sudor.

Al rato ya estábamos ahumados y mojarreando; todavía me impresionaba el asunto de las lombrices destripadas, pero me guardaba bien de no expresarlo.

A esa hora en que dicen que la tarde cae, sentí por vez primera lo que significa comulgar con la naturaleza; esos momentos especiales que se nos vuelven referenciales, tal vez como expresión de un ideal.

Lo cierto es que aquel silencio, y aquella extática contemplación frente al arroyo debió haber sido lo que abuelo quiso explicarme y no le habían alcanzado las palabras.

El error fue mío, por que rompí el silencio para preguntar que era aquel sonido: Era un sonido uniforme, repetitivo, y hoy sé que son los arrullos de las palomas, pero en respuesta a mi pregunta, mi tío declaró gravemente “Son las almas en pena”.

De inmediato, mi plástico y maleable cerebro se vio marcado a fuego con aquella inquietante revelación.

Sentí miedo, no quería ni mirar hacia el sector del monte de donde provenía aquel sonido, en la seguridad de que si lo hacía, se me iba a figurar algún espectro.

Pasado un rato, como un natural o sobrenatural mecanismo de autodefensa, el miedo fue cediéndole su lugar a un sentir de lástima. Por que aquellos gemidos no eran los típicos ¡Buu! de los fantasmas, ni de ninguno de mis monstruos conocidos. Aquella letanía, tan triste, tenía que ser producida por una entidad igualmente entristecida, la que en lugar de mi temor, lo que merecía era mi conmiseración.

La ausencia más y más pronunciada de la luz, obligó a mi tío a encender un farol y a colgarlo de una rama sobre el agua, entonces sí empezó la pesca de verdad.

Ciertamente la pesca conllevaba sus peligros, sobre los que abuelo me había alertado, a saber: “La tararira tiene dientes finitos y puede morder con ganas. En cambio con los bagres tenés que cuidarte de los bigotes que tienen a los costados, son lancetas, que si te agarran, no te las olvidás más nunca”.

No me compliqué demasiado, toda vez que sacaba del agua uno de estos animalitos, le delegaba la tarea de desengancharlos al más grande del equipo.

La pesca era exitosa, hasta que dos acontecimientos precipitaron la partida, que en principio prometía no ser antes del amanecer.

A medianoche habíamos cenado, unas croquetas de arroz bien finitas que nos había preparado abuela. Y cuando no habíamos terminado de eructar, el Tino vio que un tirón le había hundido la boya, y no volvía a la superficie. “ ¡Es pesado, es pesado!” le gritaba a quién quisiese oírlo; pero cuando gritó: “!Una tortuga, pesqué una tortuga!” Debo decir que despertó algo más que mi curiosidad, ¿Acaso se pescaban las tortugas?

¿No eran bichos de la playa? Corrí a verla y no mentía, aquello era una tortuga, aunque resultó no serlo después de todo. Luego de observarla mi tío dictaminó: “No es tortuga, es morrocoyo; son venenosos, mejor cortá la tanza y tiralo al agua”.

Procedió a cortar la tanza, y antes de hacer otra cosa, mi primo le salió al cruce: “Al agua nada, yo la pesqué, ¡es mía!, y me la voy a llevar. Mi tío procuró ser razonable y le explicó que podía ser peligroso; a mi ya me estaba dando miedo verlo, y si uno se acercaba, se te venía arriba. Yo pensaba “Ahora pica a
alguien, ¿Y si nos mata? ¿Y si mata al Mono? ¿Quién nos saca de acá?”.

El nerviosismo se había generalizado: Mi tío se había enojado con el Tino por que no le hacía caso, y este, no se como, había conseguido meter su “tortuga” adentro de un bolso de plastillera.

Yo calculaba cuanto tardaría el efecto del veneno antes de sobrevenir la muerte, y el tiempo que podríamos tardar en buscar auxilio. No había caso, los cálculos se me tornaban sombríos.

Para no seguir pensando en eso, volví al pesquero y me reconcentré en la pesca.

Mi tío armó un cigarro y se quedó mirando el farol, alrededor del cual pululaban las polillas; de a ratos hablaba algo que era como una continuación de sus pensamientos.

Mi primo se había alejado con su amenazante mascota, y por lo que a él refería, la pesca se había terminado.

Los dos quedaron peleados, y nadie le hablaba a nadie.

Volví a sentir aquella paz de horas tempranas, la atmósfera se tornaba sobrenatural a mis sentidos, y percibía como la inminencia de no sabía qué, provocándome un silencioso vértigo.

La boya azul y blanca que estaba más cerca de la orilla titiló unos segundos y de repente se perdió para abajo; yo estaba tan abstraído que no reaccioné hasta que mi tío pegó un grito y me liberé del trance.

Junté la caña y tiré; venía pesada, la emoción me hizo olvidar la indicación de abuelo, y tiré con más fuerza, produciendo de inmediato la fractura de la caña tacuara, que se quebró en dos lugares, pero ya en el aire vi lo que venía prendido del anzuelo, ¡Bendito julepe!. Antes de que aquello llegara al suelo largué todo y salí aullando campo afuera al vivo grito de “!Una víbora, una víbora!”, para quién quisiera escucharme.

De lejos escuchaba las carcajadas de mi tío; eso me tranquilizó, pero no mucho, me había alejado del campamento y volvía a sentir “almas en pena”.

“!Vení para acá pedazo de pasmado, esto es una anguila, esto no pica!”, gritó el Mono, “!Sí- grité a su vez yo- pero igual es una víbora!”.

“!Vení para acá te dije; ya me tienen harto ustedes dos, bueno, junten todo que nos vamos!”.

Por un lado me dio pena, por otro alivio, no estaba acostumbrado a tantas emociones juntas.

Así que juntamos todo, el Mono “enhorquetó” los peces, que resultaron ser unas veinte piezas.

Pero esto no acaba acá, por que al querer volver al auto, demorábamos mucho más que a la llegada.

“Estoy seguro que era por acá”, decía el Mono, pero entonces llegábamos a un alambrado que no había.

“Me parece, me parece...” decía, pero no decía que era lo que le parecía, y nosotros nos dábamos cuenta clarito que andábamos perdidos.

El temor y la inseguridad se desvanecía ante el sueño que nos había agarrado a los más chicos.

Por allá empezamos a sentir la risita del tío, era buena señal, llegamos al Opel con las ondas cerebrales en frecuencia alfa. Recuerdo haber subido al auto y quedarme mirando el cielo estrellado por el vidrio de atrás.

Habían sido muchas experiencias, pero no pensaba más que en las estrellas, estas estrellas eran más reales que cualquier otras que hubiese visto. Eso me quedó; la seguridad de que aquellas eran las mejores estrellas que había visto, las más lindas.

miércoles, 18 de junio de 2008

Y es que sin Ella él no se va



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Había una vez un chico… Bueno, tampoco es que fuese un “chico”. Aunque no es eso lo que importa.
Lo que si pienso es por que la voz narrativa se refiere al chico en tercera persona, cuando lo cierto es que el narrador ha sido y tal vez sea ese chico, pero tampoco importa demasiado, por que tanto da el vehículo de la historia en tanto se cuente…

Ese chico del que les hablo, es alguien a quien siempre le han ocurrido cosas… cosas un poco fuera de lo común; algunas por que se las procuraba y otras vaya uno a saber por que.

Lo que quiero contarte es una de esas cosas.
Un episodio que ocurrió en una fecha que él no va a olvidarse: el primer día de mayo de un año que bien pudo ser el 93 o el 94.

Es lo que podría llamarse una historia de hongos. De un tipo de hongos, de unos astutos seres que transmiten unas informaciones inefables.
La ciencia les llama stropharias cubensis, y nuestro amigo ya les conocía, pero aquel día… Aquel día no era el mejor aspectado en cuanto al set y al setting de que hablan los psiconautas…

Aquel día se levantó temprano, pidió prestada una bici y se fue a lo “Arias”, cosechó una linda bolsa de “Principitos de las aguas”.
Al mediodía supo que su plan original no fraguaría; la casa libre no estaba disponible.
Poco más tarde recaló en la casa de un amigo que se entusiasmó con la idea, y al rato cayeron otros dos amigos y una amiga que alegremente se sumaron.

El despegue fue asombroso, y ocurrieron cosas como aquel huevo de energía que percibían al menos la amiga y él cuando se sentaron en círculo, y si, esa energía parecía entrar y salir de unos y otros.
Pero entonces sucedió algo, y fue inevitable: cayó una visita; se trataba de una compleja chica que recientemente se había plegado a la barra, y distorsionó el setting de mal modo.

Nuestro protagonista sintió como se disolvía la unidad y empezó a ver cosas como sombras que lo decidieron por una retirada presurosa. Se calzó sus borceguíes y salió para la calle. Junto con él se llevó un libro que podría haberse titulado más o menos: “Magos y curanderos del Río de la Plata” y con él llegó hasta la vía del tren; y avanzando un trecho por los durmientes, empezó a notar que la cuestión cobraba cada vez más fuerza.
¡El libro! El libro parecía haber cobrado vida y donde quiera que lo abriese leía la palabra amor, con un relieve que parecía que fuese a saltarse de la hoja en cualquier momento.
Por cierto, fue entonces que empezó a perder el control.

Oía relinchos de caballos. El tonto del pueblo acertó a pasar y las señales a precipitarse.
Dos cosas maravillosas en pleno cielo: un arcoiris cortito y una nube oscura en la cual seguro que había algo.
Si, lo intuía, lo percibía, no podía ser otra cosa que un ovni. Solo años más tarde, cuando leyendo las experiencias de Terence Mac Kenna y su hermano en el amazonas, dedujo que esas cosas ocurrían, Stanislav Grof le aclararía más el asunto al referirse a lo que son experiencias “Psicoides”.

La Conciencia explosiona, a falta de mejor metáfora, pero el ego no se deja desplazar tan fácilmente, para protegerse recurre al viejo aliado: el miedo.

Vestigios del Todo. Reminiscencias del Tiempo en que ocurretodoalmismotiempo.

Horror vacui.
La muerte como un bastón al que uno tiene que sujetarse.

¿Hay una virgen de la Fuente? ¿Dónde está la virgen de la Fuente?
Tenía que llegar allí. Y así se largó a recorrer las calles que le llevaban hacia el centro.

Un niño…tuerto…compasión…lágrimas…

(Siguiente escena)
Tirado en las escalinatas de la catedral.
Todo todo todo se le manifestaba. Pero él no podía, no podía digerir todo aquello. ¿Sería el fin?
Irrumpe entonces: “Pero yo sin Ella no me voy”, una frase, un mantra, un conjuro? Pero que ya jamás olvidaría.

Los arquetipos cristianos: ¿Jesús como una novia?
La ausencia del dolor, la levedad.
El desastre inevitable? ¿Pero de que? ¿Del Mundo?
¿Qué Mundo? No existe Mundo.

Y todos se iban…pero El sin Ella no se iba.

Creéme si te digo que tuvo la poca fortuna de que se lo encontrase en aquel calamitoso estado su mismísimo suegro por entonces. Ni que decir que consiguió arrastrarse hasta el atrio en el momento en que la comunidad católica salía de la misa del domingo y todos aquellos fieles rodeándolo, la sola imagen provoca escalofríos, como si fuese un cuento de Bradbury o un video de Marilyn Manson.

Luego unas amigas le intentaron ayudar, y él preguntándole a una de ellas si era “Ella”, por que tenía que saber si lo había venido a buscar para…bueno, para dar ese gran paso…
Esta amiga y alguien más le ayudaron a subir al vehículo que le transportaría al hospital. Pero ese viaje él no lo recuerda.

El se descubre ya en el hospital. Se descubre acurrucado como un pájaro asustado debajo de una camilla, y con la seguridad de que la muerte era eso, ser un pajarito tiritando de miedo y confusión debajo de la camilla de un hospital descascarado.

Todo parecía apagarse, perderse para siempre. Por que si, por que la verdad había ido muy lejos, y lo vivido era inenarrable.

Pero entonces, mira y piensa: ¿Son reales?
Y resulta que si, que lo son…
Son Leo y Marce; y Cecilia y Anahí; y él va y los abraza, y los ama con todo su amor, y le cuesta explicarles todo lo que les agradece el que allí estén.

Aún asi, continúan las batallas interiores.
Se lo llevan al fin en un Fuska destartalado y lo acuestan en una improvisada cama en la casa de un amigo.

La sensación de que quizás este muerto no lo abandonará por unos días; pero está seguro, (no que crea estarlo) está seguro de que desde entonces sabe algo. Algo que no ha encontrado aún como traducir.
Subió a una altura, si. Y miró lejos, e intentó escudriñar el más allá.
¿Qué fue? ¿Qué será?
Pues…

El solo cree que, si tuviese que extraer una certeza de todos estos asuntos y sus profundas implicancias, sería la de que: Que sin Ella él no se va…

* * *

Para Ana Gabriela, a quién hace mil años prometí contarle esta historia.