viernes, 18 de febrero de 2011

EL PASAJERO

Darío se hallaba recostado sobre el desvencijado sillón de pantazote rojo, en el pequeño comedor de la casa de su abuelo.




Mordisqueaba un refuerzo de mortadela y miraba indiferente las piruetas de los basquetbolistas norteamericanos.
Luego lo cambiaba y ponía el programa de geografía, que se extendía en interminables planos largos de vaya uno a saber donde.
El abuelo no tenía cable, que va, ni tele a color tenía; asunto que sulfuraba un tanto a Darío, por que de hecho no podía ejercer el zapping, que pasaba por ser uno de sus entretenimientos favoritos.
Aunque de todos modos se las había ingeniado para cambiar los canales de la vieja “Philco”, con la ayuda de una caña de pescar; caña que allá, en sus buenos tiempos, debió haber sabido sacar algún ejemplar de algún arroyo.


Pero no solo veía tele y papaba moscas, no; él estaba allí cuidando al abuelo, que yacía en la cama de la habitación contigua.
Tenía la puerta abierta, por si al viejo se le antojaba algo, bien fuera agua o echarse un meo.
La señal de la sed era el castañeteo de aquellos amarillentos dientes postizos, acompañado de un chasquido lingüal particular. Y cuando la necesidad era de orinar, resoplaba; y así marchaba el mundo.
Darío iba y lo enderezaba con el vaso de agua.
Darío iba y le ponía el pirulín en el violín.


Estaba bastante conforme por que tenía techo y comida, y aunque magro: un sueldito que le habilitaban los tíos y que ahorraba casi por completo.
Cuando empezó, le gustaba cuidarlo al viejo; pero pasado el tiempo, la cosa seguía igual, la misma embolante rutina que erosionaba sin clemencia su paciencia.


Un día se dio cuenta que ya no sentía cariño por el viejo. Sí por aquel abuelo que recordaba, y que tanto había disfrutado de niño, pero ya no por ese individuo postrado que no presentaba mayores diferencias con un cadáver viviente.
La delgadez de las carnes, el pálido color, la aparente inmovilidad, y sobre todo aquel tufo que se paseaba por la casa, y que no podía asegurar que se tratase del olor de un sistema en descomposición, pero con cierta perversidad tendía a creerlo.
Por otro lado, el médico, un remilgado de bigote fino que pasaba cada quince días, afirmaba que el viejo seguía estable.


Y bueno, pensaba Darío en ocasiones, será cuestión de esperar; en algún momento va a palmar, entonces sí, voy a cruzar seis o siete fronteras y probaré mi suerte allá en el golfo.
Era un pensamiento mezquino, lo sabía, pero no solía ser hipócrita consigo mismo.


Darío, recostado en el desvencijado sillón, no dejaba de mirar de reojo hacia la pieza.
La “Cañita de control” yacía en el piso, y el refuerzo descansaba en uno de los brazos del sillón.
El documental de los desiertos había concluido, y no se había dado cuenta; la pantalla ahora emitía lluvia.
Se paró y fue a ver al viejo, que dormía plácidamente, como suele decirse.


Volvió y fue en dirección a la tele para apagarla, pero entonces, en lugar de la estática, aparecía ahora una estación de trenes.
Era una imagen que, por algún motivo, le resultaba antigua, y por que no decirlo: extraña. Una cierta inquietud se le deslizó por el sistema nervioso, y que él se la atribuyó a esa suerte de ¿Presentimiento? Pero ¿Presentimiento de qué?
Optó por no apagarla, pero si encendió la portátil de la cama repisa y se puso a huzmear la pequeña biblioteca del abuelo.
Los autores criollos ya los había visitado: Lussich, Silva Valdéz, Wenceslao...Los clásicos lo aburrían. Buscaba otra cosa.
Fue entonces que sus dedos dieron con un lomo que no tenía inscripciones, era un volumen forrado en papel de estraza.
Lo abrió por el principio y leyó el título: “El Ferrocarril: sus nueve mil nombres y posibilidades”. Volvió a leer sorprendido, sí, le había caído en gracia, ese estaría bien. Lo dejó en la cabecera para ingresarle en el momento en que estuviese acostado.





Fue de nuevo a ver al viejo y seguía igual, lo arropó un poco y le apagó la luz.
Al entrar a la sala le llamó la atención el que se continuase la escena de la estación por la T.V.. Y podía ver ahora, gentes de distintos aspectos abordar sin prisa alguna los vagones.
“Nueve mil nombres y posibilidades”. La frase irrumpió solita y natural.
El aparato no emitía sonidos, y la escena parecía perpetuarse, cual si de una cámara vigía de circuito cerrado se tratase.
Desde luego algo ocurría, algo que no alcanzaba a definir, pero sn dudas que ocurría.


Se sentó de nuevo en el sillón, allí seguía el refuerzo. Sus pupilas fascinadas absorbían lo extraño de la escena.


Y en ese mismo momento, un sonido fuerte y agudo lo sobresaltó; haciéndole tirar al piso el abandonado bocadillo. El sonido aquel no era otro que el silbato de un tren que anuncia su partida.


Tras esto, comenzó a sentir movimientos debajo de la casa, ¿Temblor de tierra?. No, no era posible, desde la escuela sabía que en el macizo basáltico brasilero esas cosas no ocurrían...
Y sin embargo, la casa se movía, la casa...


Corrió al dormitorio del abuelo con la boca seca y prendió la luz. La boca seca quedó abierta. Su abuelo allí no estaba, y tampoco estaba el dormitorio.
Al accionar la llave de la luz había iluminado el interior de un vagón de pasajeros, con unos cuantos extraños pasajeros, que mantenían perdida la mirada, y que para nada les afectaba la presencia de Darío.





Volvió al comedor, pero ya no había remedio, era también ahora otro vagón, que se empezaba a deslizar junto a otros, hacia un incierto destino.
Corrió a la ventanilla y alcanzó a ver la casa de su abuelo, y peor aún, le pareció verse a si mismo sobre aquel desvencijado sillón de pantazote rojo, y quizo gritar, pero, al parecer, dicha facultad ya no estaba dentro de sus posibilidades.
La casa del abuelo, y otras del suburbio, se le fueron perdiendo a medida que se alejaba; el paisaje fue también desapareciendo en una bruma.
Apoyándose en los respaldos llegó hasta su asiento, por algún motivo supo que aquel era su asiento, y en él se sentó. Su preocupación le parecía a cada momento más ajena.
Ni siquiera atinó a pensar una de las nueve mil posibilidades...
Afuera, reinaba la neblina, y su mirada no tardó en perderse, como la de los otros pasajeros.




Nota: el sistema de zapping con caña de pescar lo tomé de la realidad, era el sistema que usaba en los años 80 un tío mío: Alberto Arias...

miércoles, 9 de febrero de 2011

JULIO & HUMBERTO


Cuando Humberto y Julio narraron la experiencia en su momento a ciertas personas, sé que algunas manifestaron un velado descrédito, y que otras adhirieron con entusiasmo a la suposición que del cuento se desprendía, o sea, un “encuentro cercano”.


Francamente a mí, el tema me resultaba indiferente; estaba seguro que no era una farsa, pero a mi gusto se apresuraron con las hipótesis, no podía, y creo que hoy tampoco, tragarme ninguna aseveración sobre ovnis o alienígenas.

Pero, y a través de los años, esta información latente llegó a operar en mí el deseo de rescatar aquella vivencia de los muchachos, y hacer algo con ella. Rescate al que los muchachos, en principio, respondieron con cierto retaceo.

Julio sabía que aquello había sido algo fuerte, y se había convencido de que al haber hecho el cuento tan enfáticamente por aquellos días, no solo que le había restado cierta esencia, sino que también le había hecho dudar de sus sentidos.

“ ¿Y que vas a contar? “, me preguntó Humberto cuando le propuse escribir algo sobre aquello. Le respondí que, lo que recordasen del asunto. “ Lo que pasa es que los recuerdos se pueden haber desdibujado, y que capaz ni siquiera sepamos que fue lo que pasó.”. Mejor, le dije yo, así tenemos un trabajito para hacer.

Al cabo accedieron, pero a condición de que el relato no reflejase aspectos demasiado subjetivos, pues no querían repetir el error de explicar el fenómeno de manera personal; yo les acepte la condición, pero opino que sería imposible escribir esto, sin que de algún modo no se refleje ese aspecto.

Conversamos, tomé apuntes, reflexionábamos juntos, y me iba dando cuenta que si bien podía comprender lo que contaban, no era fácil para ellos, como no lo es ahora para mí, encontrar las palabras adecuadas que no desvirtúen el propósito de aportar claridad al relato.

Aunque en mi opinión las fechas no aportan especial relevancia, consignaré como asiento temporal el miércoles de turismo del año 93.

El lugar: una antigua cantera de balasto, en la que la naturaleza había vuelto a instalarse por completo. Por lo que donde antes debieron haber dentelladas de excavadora, ya en aquel momento figuraban como irregulares pendientes que particularizaban favorablemente aquel paisaje. Acudían a ese sitio, desde adolescentes; innumerables mateadas, toneladas de galletas; besos de novias y fogatas.

Siempre han vuelto, y opinan que para ellos ese sitio es una especie de pasaje del roñoso mundo a otro mucho más amable, y que estando allí, nada malo puede ser.

Humberto con sus sueños recurrentes de artefactos estrellados allí cerca, Julio con sus especulaciones de que “algo” animaba en aquel sitio, son muestra de las cosas que les sugería “la cantera” (que es como siempre la llamaron.)

Aquella tarde, y en el entorno de un improvisado ritual, cosecharon “stropharias”, que son unas setas parásitas del excremento de los rumiantes, y que poseen en sí, cualidades despertadoras de fenómenos de la conciencia. Aquella iba a ser su segunda experiencia, y es que la primera los había dejado con algunas puertas abiertas, tras de las cuales, sentían la necesidad de seguir investigando.

Así que al atardecer comieron y esperaron.

Un buen rato. Hasta que un involuntario temblor en las mandíbulas, y una risita ingobernable, les abrió el paso a ese otro acaecer.

Al poco arribaron unas breves e intensas sensaciones que Humberto llamó “flashes de micromuertes”; después, el poder de la voluntad expandida, y así tan luego las cosas se fueron desarrollando más que bien.

Se habían sentado en lo alto de las piedras, percibiendo las emanaciones del terreno.

La luna llena se presentó acompañada de una telaraña de luz que parecía interconectar los cielos y la tierra, Julio me lee un verso de Rimbaud, que según él ilustra esa visión: “entonces cuelgo guirnaldas de estrella a estrella y bailo”.

Sentían y disfrutaban cada cosa. Sin esperarlo se vieron ensamblados a la armonía de la naturaleza. Aún hoy, Julio, intenta analogías, y surgen palabras: Despertar, Claridad, Fusión,¿Senderos de una supraconciencia?. Afirma que desde ese día y hasta el presente, ocasionalmente accede a la percepción de esa malla lumínica dentro y fuera de su mente.

Pero volvamos a la noche en que la sensación de unidad era tan fuerte, que nada los podía detener.

El poder parecía bajo control, y deben haber mirado el cielo de tal modo, que un secreto allá arriba debe haberse sentido seducido.

¡Viste esa luz! Debió exclamar uno de ellos. Y aquella luz evolucionó en el firmamento desde el sudoeste en dirección al noroeste. ¿La estás viendo? ¿La ves? Se decían uno al otro, y efectivamente aquella luz no actuaba como otras luces conocidas.

Y a través de aquella luz, ambos sintieron algo realmente trascendente. Que uno lo califique Libertad y el otro Amor no le hace al caso, lo que sí importa es que simultáneamente sintieron algo que seguro no es fácil de explicar.

Ante la intensificación de aquella luz, y quizás por instinto, ambos levantaron sus manos hacia ella, y jamás olvidaran las oleadas de energía que por las puntas de sus dedos penetraban. Y penetraron hasta que algo en el área cardíaca despertó, y Humberto, a medio camino entre la incertidumbre y el éxtasis, preguntó: ¿Qué es esto?

“amorlibertadamorlibertadamorlibertad...” Ese fue el clímax.

Después la luz se fue, como he dicho; por el noroeste, para volver y juguetear por el firmamento toda la noche. Ambos la veían y se ratificaban uno a otro. Me dicen: “escuchábamos por el sodre la Pasión según San Mateo de Johann Sebastián Bach, y te podemos decir que esa hermosa música y la luz que bailaba estaban en perfecta sincronía”.

“¿Pudo haber sido todo una alucinación?” me preguntaron, y yo les respondí con otras preguntas: ¿Y que es una alucinación? ¿Y que es un sueño? Ya que estamos, por que en definitiva ¿qué es la realidad? Pero mis repuestas-pregunta no les conforman a la hora de dar a luz la historia. “Es que quién la oiga o la lea va a tener todo el derecho a creer que todo esto no fue más que una locura inducida por toxinas”. Luego nos ponemos de acuerdo en que esto no es lo que importa, y yo sé que sospechan, como muchos, que hoy, en nosotros, ya todo puede ser posible. Aquí y ahora.

Por que no somos lo que vemos, está claro, y que ciertas experiencias riesgosas pueden alumbrarnos el sendero, también.

El tema es: ¿Qué hacemos con esas experiencias una vez que terminaron?

Cuando por primera vez la compartieron, creyeron que al hacerlo ayudaban a los demás a percibir un fragmento del misterio, y solo luego supieron que...

“...La manera de conservar magia, es en secreto”

Y nosotros que, en tanto no-magos, buscamos esas verdades que se escabullen, perseveramos pese a todo.

Y mientras termino de definir este relato, que va adjunto al de Julio y con las ilustraciones de Humberto, recibo casi sin paréntesis de tiempo, en mi casa, mensajes de los dos, los que me han hecho pensar por un buen rato en lo claroscuros del destino, y que sin dudas por “él”, han venido a mí aquellas palabras de aquel legendario milico desertor, cuándo comprende “... que un destino no es mejor que otro, pero que cada hombre debe acatar el que lleva adentro”. Es el final de un conocido cuento de Borges, y acabo de decidir que también será el final de este.

(Dedicado a Leonardo Arias, uno de mis más grandes Amigos de toda la Vida)

(EN UNA PRÓXIMA ENTRADA INCLUIREMOS EL RELATO DE JULIO Y LAS ILUSTRACIONES DE HUMBERTO)