miércoles, 18 de junio de 2008

Y es que sin Ella él no se va



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Había una vez un chico… Bueno, tampoco es que fuese un “chico”. Aunque no es eso lo que importa.
Lo que si pienso es por que la voz narrativa se refiere al chico en tercera persona, cuando lo cierto es que el narrador ha sido y tal vez sea ese chico, pero tampoco importa demasiado, por que tanto da el vehículo de la historia en tanto se cuente…

Ese chico del que les hablo, es alguien a quien siempre le han ocurrido cosas… cosas un poco fuera de lo común; algunas por que se las procuraba y otras vaya uno a saber por que.

Lo que quiero contarte es una de esas cosas.
Un episodio que ocurrió en una fecha que él no va a olvidarse: el primer día de mayo de un año que bien pudo ser el 93 o el 94.

Es lo que podría llamarse una historia de hongos. De un tipo de hongos, de unos astutos seres que transmiten unas informaciones inefables.
La ciencia les llama stropharias cubensis, y nuestro amigo ya les conocía, pero aquel día… Aquel día no era el mejor aspectado en cuanto al set y al setting de que hablan los psiconautas…

Aquel día se levantó temprano, pidió prestada una bici y se fue a lo “Arias”, cosechó una linda bolsa de “Principitos de las aguas”.
Al mediodía supo que su plan original no fraguaría; la casa libre no estaba disponible.
Poco más tarde recaló en la casa de un amigo que se entusiasmó con la idea, y al rato cayeron otros dos amigos y una amiga que alegremente se sumaron.

El despegue fue asombroso, y ocurrieron cosas como aquel huevo de energía que percibían al menos la amiga y él cuando se sentaron en círculo, y si, esa energía parecía entrar y salir de unos y otros.
Pero entonces sucedió algo, y fue inevitable: cayó una visita; se trataba de una compleja chica que recientemente se había plegado a la barra, y distorsionó el setting de mal modo.

Nuestro protagonista sintió como se disolvía la unidad y empezó a ver cosas como sombras que lo decidieron por una retirada presurosa. Se calzó sus borceguíes y salió para la calle. Junto con él se llevó un libro que podría haberse titulado más o menos: “Magos y curanderos del Río de la Plata” y con él llegó hasta la vía del tren; y avanzando un trecho por los durmientes, empezó a notar que la cuestión cobraba cada vez más fuerza.
¡El libro! El libro parecía haber cobrado vida y donde quiera que lo abriese leía la palabra amor, con un relieve que parecía que fuese a saltarse de la hoja en cualquier momento.
Por cierto, fue entonces que empezó a perder el control.

Oía relinchos de caballos. El tonto del pueblo acertó a pasar y las señales a precipitarse.
Dos cosas maravillosas en pleno cielo: un arcoiris cortito y una nube oscura en la cual seguro que había algo.
Si, lo intuía, lo percibía, no podía ser otra cosa que un ovni. Solo años más tarde, cuando leyendo las experiencias de Terence Mac Kenna y su hermano en el amazonas, dedujo que esas cosas ocurrían, Stanislav Grof le aclararía más el asunto al referirse a lo que son experiencias “Psicoides”.

La Conciencia explosiona, a falta de mejor metáfora, pero el ego no se deja desplazar tan fácilmente, para protegerse recurre al viejo aliado: el miedo.

Vestigios del Todo. Reminiscencias del Tiempo en que ocurretodoalmismotiempo.

Horror vacui.
La muerte como un bastón al que uno tiene que sujetarse.

¿Hay una virgen de la Fuente? ¿Dónde está la virgen de la Fuente?
Tenía que llegar allí. Y así se largó a recorrer las calles que le llevaban hacia el centro.

Un niño…tuerto…compasión…lágrimas…

(Siguiente escena)
Tirado en las escalinatas de la catedral.
Todo todo todo se le manifestaba. Pero él no podía, no podía digerir todo aquello. ¿Sería el fin?
Irrumpe entonces: “Pero yo sin Ella no me voy”, una frase, un mantra, un conjuro? Pero que ya jamás olvidaría.

Los arquetipos cristianos: ¿Jesús como una novia?
La ausencia del dolor, la levedad.
El desastre inevitable? ¿Pero de que? ¿Del Mundo?
¿Qué Mundo? No existe Mundo.

Y todos se iban…pero El sin Ella no se iba.

Creéme si te digo que tuvo la poca fortuna de que se lo encontrase en aquel calamitoso estado su mismísimo suegro por entonces. Ni que decir que consiguió arrastrarse hasta el atrio en el momento en que la comunidad católica salía de la misa del domingo y todos aquellos fieles rodeándolo, la sola imagen provoca escalofríos, como si fuese un cuento de Bradbury o un video de Marilyn Manson.

Luego unas amigas le intentaron ayudar, y él preguntándole a una de ellas si era “Ella”, por que tenía que saber si lo había venido a buscar para…bueno, para dar ese gran paso…
Esta amiga y alguien más le ayudaron a subir al vehículo que le transportaría al hospital. Pero ese viaje él no lo recuerda.

El se descubre ya en el hospital. Se descubre acurrucado como un pájaro asustado debajo de una camilla, y con la seguridad de que la muerte era eso, ser un pajarito tiritando de miedo y confusión debajo de la camilla de un hospital descascarado.

Todo parecía apagarse, perderse para siempre. Por que si, por que la verdad había ido muy lejos, y lo vivido era inenarrable.

Pero entonces, mira y piensa: ¿Son reales?
Y resulta que si, que lo son…
Son Leo y Marce; y Cecilia y Anahí; y él va y los abraza, y los ama con todo su amor, y le cuesta explicarles todo lo que les agradece el que allí estén.

Aún asi, continúan las batallas interiores.
Se lo llevan al fin en un Fuska destartalado y lo acuestan en una improvisada cama en la casa de un amigo.

La sensación de que quizás este muerto no lo abandonará por unos días; pero está seguro, (no que crea estarlo) está seguro de que desde entonces sabe algo. Algo que no ha encontrado aún como traducir.
Subió a una altura, si. Y miró lejos, e intentó escudriñar el más allá.
¿Qué fue? ¿Qué será?
Pues…

El solo cree que, si tuviese que extraer una certeza de todos estos asuntos y sus profundas implicancias, sería la de que: Que sin Ella él no se va…

* * *

Para Ana Gabriela, a quién hace mil años prometí contarle esta historia.

1 comentario:

danielramelagarcía dijo...

nunca nadie vio el marcianito alla en la torre
preguntenle a rafa perroni