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DOS SEMANAS EN UN BOSQUE
Todo empieza con una solicitud de empleo que mi hermano hizo pública en la emisora local de radio. Llaman a casa, medio de urgencia; mi hermano, tal vez intuyendo algo, se había esfumado, y como tampoco yo tenía trabajo, tomé su lugar sin mayor remordimiento.
Acudí a la entrevista, ¿Tengo práctica en los montes? No importa, igual se aprende, ciento veinte con casa y comida, no está mal, y otra cosa, hay que viajar ¿tengo problema? Bien, en la terminal, mañana doce y media.
Subí a aquel ómnibus sin saber adonde iba, ni lo que iba a hacer exactamente. La cuadrilla la formábamos cuatro: yo, mi contratista, el papá del contratista y un joven que ya había trabajado para ellos.
Habría de descubrir en ellos otros denominadores comunes, pero el primero que saltó a mi vista se ubicaba en las manos, tenían formato de raíces, gruesos dedos agrietados, y una película grisácea parecía recubrirles el natural color de las mismas. Estaban recurtidos, y yo miraba las mías no sin algún grado de inquietud.
Viajé junto al joven, el que yo no sé por que daba continuamente vuelta un casette de una espeluznante orquesta de género tropical en su radiograbador. Así fue el viaje, de mis manos, a las extrañas maniobras de aquel chico.
Llegamos a una localidad que no me atrevo a afirmar si se llamaba Florencio Sánchez, y tampoco me atrevo a afirmar si aquello era Río Negro o Soriano, por que tampoco me acuerdo. Por allí anduvimos, buscando un auto de alquiler. Mi patrón (a quién llamaré Beltrán) adquirió cinco quilos de tanjarinas, y aún viéndonos repletos, seguía insistiendo en que comiésemos.
El padre de Beltrán (a quién le llamaré Turco) consiguió al fin un remise que se animase a trasladarnos casi hasta donde el diablo perdió el poncho.
Al anochecer arribamos a destino.
Destino era una modesta casita de bloques rodeada como por ocho o diez chabolas mal terminadas y mal empezadas en las que se amalgamaban chapas, cartones, costaneros y sabe Dios que más. Figuraba también un galpón abierto (a decir verdad era un techo curvo de dolmenit que iba hasta el suelo) dentro de él: un carro, fuera de él, un caballo percherón que pastaba indiferente.
Había perros, gallinas, una extensa cuerda de la que colgaban ropa, trapos, alpargatas bigotudas, y unos cuántos chorizos en parejas.
Por último conocí la cocina, que en nada difería a las chabolas, excepción hecha de los elementos de cocina, y en el umbral de la misma, algo que no esperaba encontrarme hasta el momento: una persona.
Sin entrar en consideraciones de tipo alguno, ni fijar contextos o encuadres por los que se puede considerar que una persona es o se asemeja, diré nada más que aquel que me encontré en el umbral de la cocina era un morador; un habitante de los montes.
Lo encontramos muy cerca de una damajuana casi vacía, parecía dormitar, pero el reflejo de una hoguera mortecina le iluminó por un instante la mirada, enclavada en una jungla de pelambre. La primera impresión fue que aquella mirada hablaba de alineación e insania, y fue una impresión que no cambié en ningún momento en que allí estuve.
-¡Despertate viejo! ¡Dale che!- la voz del turco demostraba falso enojo- Conté mal o te chupaste cincuenta en quince días?-
Debo decir que la forma de hablar del habitante de los montes (a quién llamaré el habitante de los montes) me recordó de inmediato al dibujito aquel sobre una familia de ositos montañeses, más exactamente al padre, un oso veterano de mameluco y escopeta, amante de la siesta, que cuando no tenía más remedio que hablar refunfuñaba o mascullaba algo incomprensible que remataba con fragmentos de oración “mmmprrrffmmmnn,oie a má...” De tal modo hablaba el habitante aquella noche.
-Mmmmrmkkfkkmññmmvdddnm, ¿ y este viejo?- se refería a mí- mmmnmerrp, este viejo mmmpprmnf, no aguanta nada, wñwñmmvmdrrpñm, ni dos días... -
Un peculiar carácter, aunado a los vapores del licor lo habían dispuesto en mi contra. La agresividad de sus comentarios subía, buscando quizás mi reacción.
Yo me reía, hasta que mi forzada sonrisa empezó a dolerme, y me quedé viendo aquel pedazo de gallina con las plumas chamuscadas que descansaba en una parrilla sobre aquellas agónicas brazas. Me dava cuenta que la situación era de alarma, y que hacia rato que aquel sujeto había traspuesto las fronteras de mi paciencia. Y en lugar de irme a dormir se me ocurrió exigir respeto; el habitante insistió con sus agravios, y a mí debe habérseme saltado la vena de la frente, Alcé la voz diciendo algo que no debió haberse oído muy distinto al “mmnmrmfgn” rematándolo con un “ ¡carajo!”. El hombre peludo se había levantado del banquito y manoteó una cuchilla de la mesa, no entendía bien por que, pero se venía la maroma. Por fortuna estaban todos en la escena y lo detuvieron desarmándolo y reprendiéndolo fuertemente.
Nunca me hubiera alcanzado, por que estaba al otro lado de la mesa; pero me asustó el sujeto, eso lo juro.
Y pasado el momento de tensión, pareció haber capturado lucidez, y aprovechándola nos deseó a todos buenas noches, y se retiró a su chabola.
El Turco me aconsejó “no hay que darle bolilla” y “pateá pa`donde dispara”. Me explicó que hacía más de un año que vivía en ese campamento y nunca iba al poblado. Que hacía dos semanas estaba solo, y que medio intoxicado había tenido una mala reacción, que no era malo.
Yo estaba de acuerdo, no sería malo, pero era peligroso, y para mi gusto, demasiado.
Más tarde cenamos galleta con chorizo, tomamos mate y fumamos. El Turco dio cuenta de la damajuana del habitante y abrió otra que trajo de un depósito de víveres que había. No he visto ni veré un individuo como aquel para comer ajíes, ¡de a una docena y conversando!
Y era así todos los días.
Aquella noche estaba frío y yo tiritaba ante la idea de tener que dormir en aquellas casuchas llenas de intersticios, por donde penetraría, seguro, el aire helado de los montes.
Aunque por ventura tuve acceso a la casita, la que contaba, a Dios gracias, con un enorme hogar que daba gusto.
Esa misma noche dormí con mi cuchilla debajo de la almohada, y también las demás noches que habría de dormir bajo aquel techo.
A las cinco y media nos llamaron, y al rato estábamos resbalando en la escarcha, tumbando eucaliptus y descortezándolos con unas herramientas parecidas a uñas. Al poco mis manos ya sangraban, las envolvía en trapos y era inútil.
Al mediodía no podía agarrar el tenedor para comer la polenta de Beltrán, los dedos, más allá de las heridas, me habían quedado como agarrotados, el agua tibia me palió un poco, pero no gran cosa, solo para sostener el tenedor.
La segunda noche no pude ni dormir, me dolía todo el cuerpo y las manos en carne viva me palpitaban como si tuviese un corazón en cada una.
Me zampé una ampolleta de dorixina que una amiga me había dado para la muela, y la fui sobrellevando como pude.
Al día siguiente tomé la actitud de no importárseme de nada, o sea, a los pasados dolores acumulé otros y llegado un momento ya no dolían tanto.
En tiempos, reflexionaba sobre la dureza de aquella vida, el habitante no erraba demasiado al afirmar que: “mnñemmmvñmf, este viejo ni dos días”. Pero así y todo, crucé los dos días profetizados, y si bien no podía alcanzar el ritmo de trabajo de los otros, cuando menos iba superando el mío propio.
Me parecía increíble que a las siete de la mañana, con una temperatura de uno o dos grados, uno estuviese trabajando sin más ropa que una bermuda y un par de botas, y sudando a mares, pero así ocurría. Y al respirar aquel aire frío, hinchando mis pulmones me llenaba de una alegría desafiante.
Al décimo tercer día habíamos acabado el sector asignado por la F.N.P., y no había otra que mudar el campamento a Canelones. Asunto que implicaba desarmar las casillas para luego reconstruirlas, y en tal faena no correrían los jornales. Ni que decir que la idea no me gustaba en lo absoluto. Y entonces, empecé a tramar mi escape.
Al catorceavo día vi pasar a lo lejos, un camión por el perímetro, que se dirigía al sector en que moraban habitantes de procedencia fronteriza y brasileros. Pedí el caballo y fui hasta la zona a averiguar que posibilidad tenía de salirme de los bosques.
Me informaron que a la tarde saldrían remolcando un ómnibus que había servido de hogar quién sabe a quién, y que salían con rumbo a Juan Lacaze, que a tal y tal hora y lugar, y yo me largo.
Al volver al campamento, plantié la cosa, y el taimado de Beltrán me salió con no sé que cosa de “la ley del monte”, por la cual, y entre otros términos que no pude conocer, el que se va no cobra, yo argüí que el laburo había acabado, al fin quedó en pagarme más adelante, en el pueblo, cosa que jamás ocurrió.
Llené pues mi bolsa de plastillera con mis pertenencias, saludé a todos de buen tono y abordé el ómnibus remolcado que me alejó sin pena ni gloria de aquel mundo, a mi ver, un tanto hostil.
Lo único que volví a saber de ellos fue que al turco le cayó un gran árbol encima, se lo escuché decir en un bar a un familiar suyo directo, y con el vaso de vino apretado y los ojos lagrimeantes aseguraba que no había sido un accidente.
(Para mi hermano Andrés, que puso aquel aviso que permitió esta historia…)
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