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- ¿Precisás algo papito?- le oyó decir a su mujer.
Ella se quedó en el umbral de la puerta del cuarto con el pestillo en la mano. La pregunta quedó como suspendida en el aire, el viejo no respondió enseguida; no es que se sintiera bien, pero, ¿Qué podía precisar?
Tranquilidad, fue la respuesta de su mente. Hizo un gesto de negación con la cabeza, la puerta volvió a cerrarse. Volvía a quedar solo.
El dolor en el vientre, un poco arriba de donde le habían encontrado supuestamente… “eso”, había remitido, se había vuelto como un zumbido palpitante, una especie de vértigo, y no tenía intención de engañarse, se daba cuenta que era una señal de alerta e intentaba que no se convirtiese fácilmente en alarma.
“Ya se acerca” pensó, “se acerca, y no sé que voy a hacer”. Justificada inquietud, dado que, después de todo, solo se muere una vez en la vida.
El viejo lo esperaba, y por lo mismo nada dijo, si tenía que irse, quería hacerlo en paz, sin dramas, ni tristeza.
Hacía días que venía viendo a su hermano. Ocurría que miraba a un costado, y allí estaba sentado, con el sombrero entre las manos, mirándolo, con aquella serenidad en el semblante que casi había olvidado. La primera vez sintió vergüenza y afloró el arrepentimiento de haberlo echado de su casa por un asunto de naipes. Pero no, se confundía, ese era Juan Luis. Este era el otro: Felipe.
Y se acostumbró a verlo allí, junto a él, todas las tardes. Pero ese día la visita había sido otra. Una que lo había emocionado sobremanera, por que a los pies de su cama había descubierto la presencia de su madre. Aunque no la madre viejita que él había visto morir, no, había sido su madre como cuándo él era chico, y vivían en el campo, llevaba incluso aquel pañuelo blanco que su padre le había dado una vez, antes de irse a pelear por la divisa.
La vio allí, frente a él, un buen rato, tenía algo entre sus manos, algo que hubiera dicho era un cristal.
Los ojos del viejo habían dejado caer unas lágrimas, que las sábanas y su camisa de franela absorbieron enseguida. Quiso hablarle, pero sintió que no tenía sentido, solo tenía sentido verla allí, aunque constituyera un enigma.
La aparición se esfumó cuando su mujer abrió la puerta para ver si precisaba algo.
Ya solo, en la penumbra de su cuarto; tanteó en la mesita con su mano buena, hasta encontrar la cajita llena de cigarros negros que su hija le armaba. Agarró uno, lo puso en la boquilla, le puso lumbre con su yesquero, iluminando trémulamente la pieza; y por un juego de espejos entre el ropero y la cómoda, podía verse, pero en ese momento en que tuvo prendido el yesquero no vio al viejo postrado en que se había convertido, no, vio un niño, un niño conocido, pero que hacía “¿cuánto? ¿75? ¿77?” años, que no veía. Sopló con humo el viejo yesquero de disán.
El vértigo iba y venía. “Que viene ahora que viene ahora que viene ahora”
Entonces se acordó de la radio, a la que sentía compañera, y la prendió, y cantó enseguida, por que aquel aparato era a transistor, y no a lámparas de aquellas que tardaban en hablar, pero que solía echar de menos.
Un tango se dejó oír como lejano, casualmente uno que le gustaba, hablaba de abandono y desamor, como gran parte de los tangos, y aunque no fueran sensaciones que lo reflejaran, dejaba filtrar algo así como una atemporal melancolía.
En aquel momento, unos niños pasaron corriendo por el comedor, sus nietos sin duda; ese mismo día era el cumpleaños de su homónimo y andarían alborotados. “Pero como voy a estar triste, si he podido formar una familia y he llegado a viejo para verlos, no, la vida no fue mala; tal vez dura, sí, pero no mala”
Limpió la boquilla con un alambre que tenía para ello y le puso otro pucho, pero esta vez al prenderlo, no miró al espejo.
Con la mano buena fue a cambiar de estación, pero en el momento que tuvo la intención, la música cambió sola. Sonó entonces un coro, como de música religiosa, por lo que supuso, y no se atrevió a cambiar. En un pasaje intenso de la música se vislumbró el primer filamento.
Esto es, de la pared opuesta a su cama, surgió un delgadísimo rayo de luz, que no sería tal, ya que la luz no adopta direcciones irregulares, como sí adoptaba aquella. Era como un hilo de telaraña que cruzaba la estancia y se confundía en la pared sobre la que él se encontraba.
Miró hacia arriba, sin poder explicarlo, y al mirar de nuevo al frente lo impactó el colorido, el colorido de... no podía ser otra cosa, de un vitraux, no tuvo dudas, un vitraux que representaba una escena de carácter bíblico. En la misma figuraba un individuo de barba, acostado en una cama, y desde arriba, una especie de paloma sin cabeza lo alumbraba. Se sintió dentro de una capilla; nunca había sido católico, pero sin saber que hacía se persignó. El clímax del coro llegó a su fin, volvía a estar en su pieza.
Ya no sentía duda, ni temor, ni inquietud. Estaba siendo testigo de su propia despedida, en pleno uso de su conciencia.
“¿Me apagaré... como esta radio?” Pensó balbuceante.
En respuesta, la radio empezó a desgranar unas cifras camperas que le hicieron revivir su infancia.
Sentía el tranco del caballo sobre el que iba, a un lado, su tío en un tordillo, más allá, su hermano en un petiso; era de noche y ya divisaban la luz del farol del rancho hacia el cual iban.
Volvían de una tropeada, cansados, pero contentos; el perrerío ladraba, el farol se movía, saludando; era su padre, que junto a su madre y sus hermanos chicos, los esperaban.
La música cambiaba, y cambiaban los recuerdos, y las vivencias.
Y comprendió; aunque estaría más bien dicho: recordó una verdad: la de que las cosas no se apagan, sino que cambian; aunque no hubiera podido explicarlo con palabras.
La radio tocaba la “milonga del carpintero”, mientras veía sus arduas jornadas, pudo ver su sudor caer sobre el aserrín y la viruta, y supo que estaba bien; por última vez miró su banco, su valija de herramientas...
De nuevo en la pieza, entonces los filamentos eran más, y se superponían, y se juntaban, creando planos.
Hubiera querido tener la mano de su mujer entre sus manos, y quizás también, la presencia de sus hijos y sus nietos, pero tenía que prepararse para el cambio; había olvidado muchas cosas, entre ellas, que él no era ese viejo recostado a un almohadón esperando la muerte. Era algo más, y empezaba a adivinar qué…
Los filamentos se iban tragando las tinieblas de la pieza, como un puzzle luminoso armándose sobre aquella oscuridad.
Y que poco a poco se iba definiendo como lo que era: un campo de trigo, alto y dorado como jamás había visto. Lo último en desaparecer fueron los espejos y la cama, la radio también se había vuelto trigo, pero dejaba oír aún, una leve melodía.
Frente a él había un sendero, y como sentía que podía caminar, avanzó por él.
A los lados, iban surgiendo de entre las espigas, las figuras de todos aquellos que se habían ido antes. Todos parecían estar ahí, sus seres queridos y “¡ Vos también!”, su mujer le sonreía desde lejos, “¡Y ustedes!”, sus nietos y sus hijos iban con ella.
Allí estaban todos, Vivos y Muertos, sin dar lugar a diferencias.
Dudó en si salir de aquel sendero para correr a abrazarlos, pero a la vez sentía que aquel era “su” sendero, y que debía recorrerlo.
Su intención ( la de seguir su camino) provocó gran júbilo, y se vió animado por todos aquellos que lo vieron elegir lo correcto, y hacer lo que debía hacer.
Su corazón parecía estallar de luz.
Entonces pudo ver, al final del sendero, aquello que había creído un cristal en manos de su madre, el que parecía palpitar de luz también, y brilló todo de repente, y supo que era Amor. Y supo que era parte de Ello. Y hacia Ello fue.
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