lunes, 16 de febrero de 2009

LA MARAGATA






















¿Quién recuerda a ?

Aquella misteriosa viejecita de mi barrio.

Mi barrio fue y será siempre, el cruce de “25 y la otra” (La “otra” es Solís, pero eso que quede entre nosotros)


En cuanto a , que vivía en mi misma cuadra, debo decir que tiene lugar de honor entre los personajes que poblaron mi infancia.


era visualmente impactante, solía lucir unos vestidos que rozaban siempre lo andrajoso, e invariablemente arrastraba unas chancletas de goma, fuese verano o fuese invierno.


tenía unos ojos celestes rasgados, y una sonrisa enigmática que la hacían inquietante, y no había que ser muy listo para darse cuenta que debió haber sido una belleza. Opinión que los más veteranos confirmaban.

Aunque tampoco faltaban lenguas que la afiliaban al gremio más viejo; probablemente fuesen calumnias de gente aburrida o hipócrita, pero de ser esto cierto, hablaría de una experiencia y de un conocimiento de un mundo que ya no existe, y que al no tenerla hoy para preguntarle, tenemos que conformarnos con “Sombras sobre ”.


Creo recordar que a veces la veía o la asociaba con una bruja, seguramente estimulado por su imagen, no por que fichase en el rubro de hechicería.

Sabía tener un hermano viviendo con ella; un viejo borrachín a quién una tarde vi padecer un bochorno, cuando, al salir del Bar Solis (En la época que atendía Mareco) al pobre viejo se le vinieron al suelo los pantalones, dejando a la visual pública sus blancas y arrugadas nalgas.

Ese mismo viejo que solía obsequiarme caramelos masticables de leche, de aquellos que se te pegaban en el paladar y los dientes, y que tal vez por instinto de conservación jamás me atreví a consumir.

Tal vez las mismas, o tal vez otras, de esas infaltables lenguas, deslizaban la posibilidad de que, cuando el viejo apareció con la cabeza rota, ello podría haber ocurrido con la ayuda de su hermana.


En cuanto a ella, una noche de carnaval la ví enmascarada dando vueltas a la plaza. Y cuando alguien me contó que sería casi probable que ella hubiese sido la musa del memorable tango “Siga el corso”, me vino como una sensación de haber percibido algo así como un fragmento del misterio…


Recuerdo su desalojo, como no. Su resistencia. Y siendo que los desalojadores llevaban mi sangre, me sentía en parte culpable por esa violenta situación.


Que se yo, es rara. ¿Qué se dirá de nosotros cuando habitemos la geometría sagrada de lo intangible?

En una de esas… lo que exactamente fuimos. Por que según creo, un viaje al pasado es solo cuestión de ajustar bien la señal…


Para finalizar esta suerte de estampa, propongo un brindis por esa “Outsider” de mi barrio que tanto excitó mi imaginario.


(Dedicado a mi prima Carla, que lo sabe…)




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