jueves, 5 de marzo de 2009

EL ALIENTO DE LOS LOBOS

Desde los





















Desde los seis años, y hasta los dieciocho, viví en una tierra especialmente árida para el cultivo de la libertad y las formas diferentes de ser.

Fue lo que sus perpetradores autodenominaron, y sus colaboradores llamaron, “El Proceso Cívico Militar”. Aunque la verdad, fue solo una dictadura más de las que por entonces nacían como hongos después de una lluvia; lluvia que hoy, en la jerga geo-política, se conoce por “Plan Cóndor”.

Yo no conocía al gobierno ni por un nombre ni por otro. Yo solo tenía la noción de que los que mandaban eran “Los milicos”. Sabía además que tenían pocas pulgas, y que lo mejor era no hablar sobre los mismos, ni de nada que tuviese que ver con las vinchas, los carteles y las banderas que estaban en el último cajón del aparador abajo de todos los manteles.

Y así pasaban de áridos los años.

Uno, a pesar de ser un chico, paraba a veces la oreja y se enteraba de cosas. Como ser las idas y venidas de mi viejo atrás de un salvoconducto que al fin le pudo conseguir al pintor que vivía al lado de casa, el cual se autodenominaba “Comunista”. Yo no tenía idea lo que ese término significaba, me hacía más idea (aunque falseada por los medios) de los tupamaros, a los que en mi imagen infantil visualizaba como otra clase de milicos, milicos sin casco, y sin jeeps, y que peleaban contra “los verdes”.

Así de áridos los años.

Un día nos enteramos que a mi padre lo habían agarrado en una reunión y se lo habían llevado al batallón. Mi madre, según recuerdo, estaba como loca, por que claro, ellos manejaban información a la que yo no tenía acceso, información que refería sobre gente presa por oponerse, de gente torturada, de gente que se les moría y de gente asesinada simplemente...

Se lo habían llevado de mañana, y lo soltaron cercana la medianoche. Le habían obligado a un plantón de muchas horas y llegó a casa tambaleándose, recuerdo la alegría contenida de todos y el gran café con leche que se tomó mientras hacía los cuentos e intentaba todavía relajar sus nervios.

Los áridos años.

¿ Como olvidar la flaca figura parada en la esquina de casa, espiando?. Se les conocía como “Tiras”, y eran los soplones del estado policial.

La represión indirecta era constante, pero, en mi caso, no se hizo sentir en carne propia hasta que terminé el último año de escuela.

Esas vacaciones mi cabello había crecido bastante, bastante para la norma; mi atuendo por entonces ya tendía al desaliño.

Habríamos estado jugando al fútbol en la cancha de los curas, según creo recordar, aunque no estoy muy seguro. La nochecita se había hecho y los curas seguramente habrían invitado a retirarnos.

Caminé, no recuerdo con quién, la cuadra que separa el colegio de la estación de servicio, y nos sentamos en una especie de jardinera casi enfrente de la central telefónica. Allí estábamos, conversando seguramente boludeces, cuando de pronto se apersonaron dos individuos, a cual más grande, en principio creí que solo serían dos muchachones con ganas de molestar a dos más chicos. Cosa que, por otra parte, no dejó de ser cierta.

En un instante, el sujeto rubio hace ir a mi amigo, informándonos de paso que eran policías y que querían averiguar mi identidad.

Yo les dije que documento conmigo no tenía, a lo que el rubio respondió con una gélida ironía que de inmediato despertó mi inquietud.

Les informé quién era, y lo que había estado haciendo. Habló algo con su compañero de lo que deduje que conocían a mi familia. Dentro mío, un debate sobre si eso para ellos era bueno, o todo lo contrario. Empecé a imaginarme cosas, cosas que tal vez ameritaran mi detención.

No llegué al pánico, pero algo temblaba allá en mi vientre, hasta entonces solo había oído hablar del aliento de los lobos, pero esa noche lo sentí en cada célula.

Me interrogó en definitiva sobre el por qué de mi aspecto, y como no me salían las palabras, solo atinaba a levantar los hombros como diciendo que no lo sabía. Y probablemente no debo haber estado lejos de llorar.

El rubio, a quién un tiempo después supe que lo apodaban como al natural de un país europeo por entonces dividido, luego de mi casi muda declaratoria, me hizo saber que iba a andar por allí, y que mejor para todos que no me metiese en problemas, a lo que no recuerdo haber respondido más que con una cara blanca y tiesa como una máscara de mármol. Creo recordar que me sugirió un peluquero antes de esfumarse…

Luego de eso me fui, absorto en reflexiones de toda índole, ¿Había sido aquello un episodio sin importancia? ¿Había sido casual? ¿Mi solo aspecto me había dejado bajo un peligroso microscopio?

Desde luego nunca pude responder ninguna de esas preguntas, ni jamás lo comenté en casa. Suficiente drama teníamos con mi viejo apartado de la administración por un pequeño emperador local.

Volví a verlo al gigante rubio, quién al verme alzaba las cejas, como interrogándome a través de ese gesto, y yo le respondía con una media sonrisa medio mueca, tan falsa como la cosa más falsa. Aparte de eso, no volvió nunca a molestarme.

Y así pasaron los años dorados de aquel diabólico régimen.

Y al menos tuve la fortuna de formar filas en protestas por su culminación.

Hoy solo es un mal recuerdo, aunque entonces uno tenía claro quién era el enemigo. Hoy es todo tan difuso que uno parece tener la obligación de ser difuso; pero como sea, cualquier cosa es mejor que el aliento de los lobos.



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