Mordisqueaba un refuerzo de mortadela y miraba indiferente las piruetas de los basquetbolistas norteamericanos.
Luego lo cambiaba y ponía el programa de geografía, que se extendía en interminables planos largos de vaya uno a saber donde.
El abuelo no tenía cable, que va, ni tele a color tenía; asunto que sulfuraba un tanto a Darío, por que de hecho no podía ejercer el zapping, que pasaba por ser uno de sus entretenimientos favoritos.
Aunque de todos modos se las había ingeniado para cambiar los canales de la vieja “Philco”, con la ayuda de una caña de pescar; caña que allá, en sus buenos tiempos, debió haber sabido sacar algún ejemplar de algún arroyo.
Pero no solo veía tele y papaba moscas, no; él estaba allí cuidando al abuelo, que yacía en la cama de la habitación contigua.
Tenía la puerta abierta, por si al viejo se le antojaba algo, bien fuera agua o echarse un meo.
La señal de la sed era el castañeteo de aquellos amarillentos dientes postizos, acompañado de un chasquido lingüal particular. Y cuando la necesidad era de orinar, resoplaba; y así marchaba el mundo.
Darío iba y lo enderezaba con el vaso de agua.
Darío iba y le ponía el pirulín en el violín.
Estaba bastante conforme por que tenía techo y comida, y aunque magro: un sueldito que le habilitaban los tíos y que ahorraba casi por completo.
Cuando empezó, le gustaba cuidarlo al viejo; pero pasado el tiempo, la cosa seguía igual, la misma embolante rutina que erosionaba sin clemencia su paciencia.
Un día se dio cuenta que ya no sentía cariño por el viejo. Sí por aquel abuelo que recordaba, y que tanto había disfrutado de niño, pero ya no por ese individuo postrado que no presentaba mayores diferencias con un cadáver viviente.
La delgadez de las carnes, el pálido color, la aparente inmovilidad, y sobre todo aquel tufo que se paseaba por la casa, y que no podía asegurar que se tratase del olor de un sistema en descomposición, pero con cierta perversidad tendía a creerlo.
Por otro lado, el médico, un remilgado de bigote fino que pasaba cada quince días, afirmaba que el viejo seguía estable.
Y bueno, pensaba Darío en ocasiones, será cuestión de esperar; en algún momento va a palmar, entonces sí, voy a cruzar seis o siete fronteras y probaré mi suerte allá en el golfo.
Era un pensamiento mezquino, lo sabía, pero no solía ser hipócrita consigo mismo.
Darío, recostado en el desvencijado sillón, no dejaba de mirar de reojo hacia la pieza.
La “Cañita de control” yacía en el piso, y el refuerzo descansaba en uno de los brazos del sillón.
El documental de los desiertos había concluido, y no se había dado cuenta; la pantalla ahora emitía lluvia.
Se paró y fue a ver al viejo, que dormía plácidamente, como suele decirse.
Volvió y fue en dirección a la tele para apagarla, pero entonces, en lugar de la estática, aparecía ahora una estación de trenes.
Era una imagen que, por algún motivo, le resultaba antigua, y por que no decirlo: extraña. Una cierta inquietud se le deslizó por el sistema nervioso, y que él se la atribuyó a esa suerte de ¿Presentimiento? Pero ¿Presentimiento de qué?
Optó por no apagarla, pero si encendió la portátil de la cama repisa y se puso a huzmear la pequeña biblioteca del abuelo.
Los autores criollos ya los había visitado: Lussich, Silva Valdéz, Wenceslao...Los clásicos lo aburrían. Buscaba otra cosa.
Fue entonces que sus dedos dieron con un lomo que no tenía inscripciones, era un volumen forrado en papel de estraza.
Lo abrió por el principio y leyó el título: “El Ferrocarril: sus nueve mil nombres y posibilidades”. Volvió a leer sorprendido, sí, le había caído en gracia, ese estaría bien. Lo dejó en la cabecera para ingresarle en el momento en que estuviese acostado.
Fue de nuevo a ver al viejo y seguía igual, lo arropó un poco y le apagó la luz.
Al entrar a la sala le llamó la atención el que se continuase la escena de la estación por la T.V.. Y podía ver ahora, gentes de distintos aspectos abordar sin prisa alguna los vagones.
“Nueve mil nombres y posibilidades”. La frase irrumpió solita y natural.
El aparato no emitía sonidos, y la escena parecía perpetuarse, cual si de una cámara vigía de circuito cerrado se tratase.
Desde luego algo ocurría, algo que no alcanzaba a definir, pero sn dudas que ocurría.
Se sentó de nuevo en el sillón, allí seguía el refuerzo. Sus pupilas fascinadas absorbían lo extraño de la escena.
Y en ese mismo momento, un sonido fuerte y agudo lo sobresaltó; haciéndole tirar al piso el abandonado bocadillo. El sonido aquel no era otro que el silbato de un tren que anuncia su partida.
Tras esto, comenzó a sentir movimientos debajo de la casa, ¿Temblor de tierra?. No, no era posible, desde la escuela sabía que en el macizo basáltico brasilero esas cosas no ocurrían...
Y sin embargo, la casa se movía, la casa...
Corrió al dormitorio del abuelo con la boca seca y prendió la luz. La boca seca quedó abierta. Su abuelo allí no estaba, y tampoco estaba el dormitorio.
Al accionar la llave de la luz había iluminado el interior de un vagón de pasajeros, con unos cuantos extraños pasajeros, que mantenían perdida la mirada, y que para nada les afectaba la presencia de Darío.
Volvió al comedor, pero ya no había remedio, era también ahora otro vagón, que se empezaba a deslizar junto a otros, hacia un incierto destino.
Corrió a la ventanilla y alcanzó a ver la casa de su abuelo, y peor aún, le pareció verse a si mismo sobre aquel desvencijado sillón de pantazote rojo, y quizo gritar, pero, al parecer, dicha facultad ya no estaba dentro de sus posibilidades.
La casa del abuelo, y otras del suburbio, se le fueron perdiendo a medida que se alejaba; el paisaje fue también desapareciendo en una bruma.
Apoyándose en los respaldos llegó hasta su asiento, por algún motivo supo que aquel era su asiento, y en él se sentó. Su preocupación le parecía a cada momento más ajena.
Ni siquiera atinó a pensar una de las nueve mil posibilidades...
Afuera, reinaba la neblina, y su mirada no tardó en perderse, como la de los otros pasajeros.
Nota: el sistema de zapping con caña de pescar lo tomé de la realidad, era el sistema que usaba en los años 80 un tío mío: Alberto Arias...



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